"Menú
degustación" de lecturas inspiradoras para la escritura de vuestro texto
Aquí os
dejo unos cuantos textos en los que la salud o la biotecnología están contadas
en formato literario ( relato, microrrelato , crónica...) por si os sirven para
inspiraros para lo que os propongo en este apartado de Ciencia en ficción. Ya
veréis que los hay de todos los estilos ( divertidos, tristes, simbólicos,
realistas, fantásticos…)
Se trata
de que a partir de alguna de los conocimientos que habéis adquirido sobre
salud, enfermedad o bioteconología en este trimestre escribáis un pequeño texto
de ficción. Podéis inspiraros en cualquier tema relacionado con este área y
transformarlo en un cuento o una crónica. ¡La imaginación al poder!
Para
empezar unos cuantos microrrelatos, cortitos y contundentes (los últimos de
cosecha propia, ya me perdonaréis la vanidad) :
DESENCUENTRO
( Sara Lew)
Pasó
cincuenta años en una cápsula de criogenia aguardando a que la clonación de su
amada fuese viable. Cuando lo reanimaron ella se encontraba en la misma sala.
Sin embargo la felicidad de él chocó con la hermética frialdad de la joven que,
criogenizada, esperaba una futura implantación de recuerdos en los clonados.
El
secreto de Victoria: la dieta del doctor Wilt Montoya ( Mel Nebrea)
Victoria
iba a morir, y con ella sus 132 kilopótamos y las burlas de todos sus
conocidos. Renacería como Vicky, en una talla XL que la mimetizase con el resto
de fauna urbana.
El
doctor Montoya estudia los análisis de sangre, palpa michelín y aprieta lorza. Al
final entrega, por 350 euros, la dieta a seguir el próximo mes; además de
pasear un par de horas al día y mantener sexo con regularidad. ¡Qué más le
gustaría a ella! El doctor sonríe cómplice y le recomienda una tienda.
“Sex
shop Montoya, la tienda de las …” allí adquiere un modelo a pilas que resultará
ser su único consuelo tras treinta días a base de fruta, verduritas hervidas y
pollo a la plancha. Incluso ha llegado a salivar pensando en la zanahoria cruda
de media mañana.
El
doctor arquea las cejas al comprobar que la báscula marca cinco kilos más. Ella
insiste en que ha seguido la dieta a rajatabla, incluso cuando no podía
acabarse las 203 galletas de la merienda.
¡Qué
bochorno descubrir que eran 2 ó 3 galletas! En fin, el mes que viene lo
conseguirá. Sale de la consulta y se encamina al super: debe comprar más pilas.
Trillizos
( Jesús Esnaola)
La
enfermera me indica que puedo pasar a ver los gemelos. ¿ Gemelos? Si mi mujer
esperaba trillizos, grito víctima de los nervios. La enfermera se queda
desconcertada y e explica que mi mujer ha parido gemelos y yo la amenazo con
poner el hospital patas arriba hasta que encuentre al tercero. Sin duda han
debido de perderlo, banda de inútiles, vi sus cabezas en la ecografía. Entro en
la habitación de mi mujer y la encuentro tranquila, tal vez un poco atontada
por la anestesia, a ver cómo se lo explico yo ahora. Tiene en sus brazos a uno
de los pequeños y sonríe. Coge al otro, me dice, y yo lo hago, me inclino sobre
la cuna y abrazo al otro gemelo, sujetando con cuidado sus dos cabecitas.
Respiro
aliviado.
Llueve (
Isabel Gonzalez)
…o lo
que es lo mismo, el gotero todavía gotea. O lo que es igual , ellos han llorado
esta tarde fuera de la habitación, han entrado en mi cuarto, han comprobado las
sondas , han traído botellines de agua mineral , me han dado un beso húmedo en
la frente y se han largado a llover en la sala de espera. En el páramo seco al
otro lado de la puerta. Allí solo hay tormenta a ratos. Aquí dentro nunca deja
de llover. O lo que es lo mismo, me inyectan algo cada cuatro horas y , cada
ocho me extraen sangre. Se la llevan fuera. Mi sangre por un lado y yo por
otro. Alcohol, agua oxigenada y esa enfermera demasiado joven que me limpia el
culo. Estoy boca abajo. Mete la esponja en la jofaina y la escurre al sacarla.
Sonido de madre con fregona. De padre limpiando el coche en el lavadero de un
río. De todo lo pasado de moda que siempre es la infancia. Llueve. O lo que es
lo mismo, aquí han envasado la lluvia y , allí fuera, los coches derrapan a
veces sobre los charcos.
Células
vengativas ( Elena Casero)
Somos un
puñado de células que se multiplican, crecen, se desarrollan y se convierten en
seres humanos con distintas apariencias. En determinados casos, esas mismas
células se duplican produciendo humanos idénticos: el mismo color de ojos, la
misma tonalidad de cabello los mismos andares, y en contadas ocasiones-les
aseguro que mínimas-la genética se comporta de manera caprichosa y reproduce
las mismas huellas digitales.
Sentado
cerca del mar miro el horizonte inmóvil, aplacado por la luna, inmenso,
luminoso, y me acuerdo de mi hermano. Recuerdo nuestra infancia y sus
travesuras, de las que me hacían responsable; de sus fechorías, por las que yo
pagué con cárcel, mientras él…
Le
recuerdo en el momento en que mis huellas -las suyas- fueron halladas en el
escenario del crimen, el maltrecho cuerpo de su novia, el instante en que cayó
en su propio infierno. Veo a través de sus ojos el infinito del tiempo, de su
tiempo, carente de horizonte, y saboreo con intensidad la sabiduría de la
naturaleza.
La reina sorda ( Sara Lew)
Acuclilladas
laboriosamente a sus pies, las costureras cuchichean entre ellas mientras le
arreglan los bajos del vestido. Comentan despreocupadas cómo el rey la engaña
con cualquier falda que se aviente a su paso, y añaden, entre risas cómplices,
que razones no le faltan al monarca con semejante espantajo de esposa. La reina
las observa, inmutable. Cuando su traje luce al fin prolijamente acabado, llama
mediante señas a los guardias y, con gesto afásico, sentencia a las insolentes
llevándose la mano recta al cuello a modo de sierra.
Abril (
Beatriz Alonso)
Me senté
en la última fila del autobús, suplicando baches. En nuestra ansiada excursión
escolar, mis compañeras se regocijaban en sus asientos, piropeando al
conductor. La profesora decía que la primavera no tenía remedio. Unos días
antes yo había hecho el amor por primera vez. Sin precauciones.
El
olfateador ( Beatriz Alonso)
Por
ejemplo, averiguar quién era la mujer que me estaba anudando la corbata fue uno
de mis primeros éxitos como olfateador. Tenía los ojos vendados y toda la
oficina mirándome. En seguida supe que era la administrativa. Después otra
mujer pasó sus dedos por mi pelo y adiviné que era la documentalista. Tampoco
fallé cuando el diseñador gráfico me sacudió la caspa de los hombros. Al
regresar a mi mesa de trabajo la recepcionista, a modo de despedida, me tocó la
punta de la nariz, lo cual desencadenó en mí una terrible convulsión. Desde
entonces cuando llego a trabajar entro con un pañuelo en la nariz. Creen que es
alergia, pero es amor.
El niño que se comía las palabras ( Manu Espada)
A
algunas personas les trasplantan los pulmones. A otras les realizan un
trasplante de corazón o de córnea, pero siempre tiene que morir alguien. Mi
caso fue distinto. Cuando era pequeño no podía hablar, al menos no como el
resto de los niños. Cada sílaba requería el mayor de mis esfuerzos. Sin
embargo, mi padre se ganaba la vida con las palabras. Paradójico. Aún recuerdo
el domingo que llegó con una máquina de escribir antigua.Yo entré en su
despacho mientras él ponía la vieja Olivetti cobre la mesa. Colocó un trozo de
papel cebolla en el rodillo, me cogió el dedo índice y escribimos mi nombre. Mi
padre lo recortó con unas tijeras, lo hizo una bolita y me dijo: “Rica”. En
cuanto el papel rodó por la garganta dije mi nombre en voz alta. Desde ese día mi
padre no pudo volver a pronunciarlo. Luego vinieron muchas palabras más. Mi
padre me cogía el dedo, me susurraba cosas al oído, las tecleábamos y luego me
metía las palabras en la boca. El nunca más volvía a usarlas. Primero se quedó
sin sustantivos, luego sin verbos, más tarde me pasó los adjetivos, los
artículos, las preposiciones, hasta que me trasplantó todas las palabras del
mundo. Hasta que se quedó mudo.
PRIMER
PLATO ( Patricia Esteban Erlés)
Poco
después llegó la muerte. Todos la vimos trepar por tu pelo, pero bajamos los
ojos y seguimos comiendo. Rezando en voz baja para que se conformara contigo.
La selva
de los tecnicismos (Fernando A. Navarro)
Los
médicos, cuando a un niño le pica algo, decimos que sufre de prurito. Cuando le
duele la tripa y no encontramos la causa que lo está motivando, hablamos de
dolor abdominal funcional.
Si su
cifra de leucocitos está por debajo de un límite muy concreto, le decimos a la
mamá que padece leucopenia, pero ese es un nombre muy triste, porque recuerda a
otras voces dignas de lástima, como penar o pena.
Y cuando
todo está perfecto, en vez de decir que el chico simplemente está bien, le
ponemos la etiqueta impoluta de «niño sano», que es como decir «ropa limpia» o
«cajón ordenado».
En la
selva de los tecnicismos, unos son más extravagantes que otros; por ejemplo, si
a tu hijo le cae drásticamente la tensión arterial, decimos que se ha chocado,
como si fuera un tráiler en un día de niebla.
Hemisferios
Aquella fatídica noche la yaya Martina perdió a la
mitad de su marido.
Desde entonces él canta pero no habla, copia pero no
escribe. Juega al parchís pero no a los bolos. Sonríe dibujando una asimétrica
media luna.
La yaya sabe que él solo la ve si se acerca por
la izquierda. Desde ese lado le habla, en una conversación en la que ella
inventa y pone voz a la otra mitad. Ya no discuten, solo se miran y se
interpretan, como si buscaran salir de un laberinto.
Ella se empeña en compensar esta extraña partición:
ahora le quiere el doble que antes. También está el doble de cansada. Nunca
imaginó que se pudiera morir a plazos.
Ya está empezando a habituarse a este nuevo marido
manso y silencioso, a esa línea imaginaria que divide su cuerpo en dos, dejando
una garra a un lado y una mano al otro, a ese movimiento infinito de ida y vuelta
de la cama al comedor en la silla de ruedas.
Contempla los radios de las enormes ruedas que giran
como un interrogante a lo largo del pasillo.
No entiende, pero acepta. Como cada vez que la
vida le dio una noticia inesperada
ADN
Lo
sorprendente no es que no fuera hijo de quienes lo criaron. Ni que la causa de
su muerte no sea una conspiración asesina, sino una vulgar infección.
No me
impresiona saber qué comió la última vez, ni qué enfermedades hubiera tenido de
viejo. Ninguna objeción al incesto, tengo la piel muy gruesa con tanta serie
policíaca. Liarse con su hermanastra explica la prematura muerte de sus hijos,
el clásico castigo bíblico por no respetar las normas.
Lo único
que me deja totalmente desolado es que el pobre Tutankamon no pudiera llevarse
ni un solo secreto a su escondidísimo sarcófago.
Domingo en el zoo
La
visita anual al Zoo fue, como siempre, agotadora. Y un poco deprimente, la
verdad. Los niños la disfrutaron, claro, corriendo de aquí para allá, riéndose
de lo que hacían los macacos, esquivando pavos reales albinos, subiendo al
trenecito…
Reconozco
que con las nuevas instalaciones todo tiene un aire más aséptico, más moderno.
Hasta los delfines lucen más lustrosos y disciplinados.
Solo las
jaulas situadas al fondo del parque conservan la antigua atmósfera decadente,
ese tufo característico de zoológicos y circos. Allí se guardan los animales
más antiguos, los olvidados, los que ya no están de moda. Un dientes de sable
lleno de sarna se mueve en círculos dentro de su jaula mientras unos dodos
medio desplumados deambulan picoteando restos de bolsas de patatas por afuera.
Los mamuts resoplan de calor en su charco hediondo y el último tigre de
Tasmania observa lo que queda del mundo con sus ojos amarillos.
Pero lo
más impactante fue volver al recinto de los primates. En la última jaula,
agarrado a los barrotes, un desdentado Neanderthal me miraba fijamente. Como si
me reconociera. Como si quisiera decirme algo. Esa imagen me persigue como una
culpa. Maldigo el momento en el que se permitió a las empresas privadas jugar a
ser dioses con la biotecnología.
Liberación
A esas
alturas yo solo quería irme a mi casa. El médico y las enfermeras me
tranquilizaban en tono profesional, pero en cuanto se daban la vuelta yo intuía
gestos más sinceros. Luego de repente salían de la sala. Al volver me decían
que enseguida lo iban a solucionar.
Llevaba
más de media hora atrapada cuando me anunciaron la inminente llegada del
mecánico. No podía pensar en nada más deseable que un hombre con una caja de
herramientas. Por suerte las dos piezas de la -llamémosle así- pinza no
estaban, en el momento de quedarse atascada, a la máxima presión pero sí a la
suficiente como para que no me pudiera separar. Imposible marcharme a no ser
que me llevara el aparato a cuestas, así que me pareció mejor continuar como
estaba: medio desnuda y dibujando una prodigiosa contorsión con mi cuerpo enganchado
a una máquina de hacer mamografías.
Cincuenta
minutos después de la entrada a esa cámara de torturas, era por fin liberada.
Jamás me había sentido tan ligera. No me importó en absoluto que aun tuviera
que someterme a la ecografía y a la dolorosa punción para vaciar el líquido de
mis tetas fibroquísticas. Si me sentía con fuerzas, me dijeron. Como para
esperar otro año y medio, les dije.
Al
salir, ni siquiera me afectó -con lo sensible que yo soy- el aplauso de todas
esas mujeres que esperaban su turno mientras lucían esas sonrisas entre
solidarias e histéricas. Las pobres.
Al
menos yo ya estaba fuera.
Las diosas de la guerra
Terminé
de rasurar minuciosamente la superficie del cráneo. La madre salió del cuarto
simulando una tos inesperada. Le coloqué y ajusté la peluca pelirroja con
flequillo. Sedosa, natural, la acababa de cepillar.
La
joven, casi una niña, se miró al espejo con una alegría feroz, desesperada. Le
gustaba su nuevo aspecto. Afirmó, con determinación adolescente, que nada
ni nadie iba a impedirle salir aquella noche. Aunque estuviera mareada, aunque
tuviera que vomitar por los rincones.
Claro
que sí.
La mamá,
ya de vuelta, intentaba sonreír.
Me
esmeraba en conseguir los mejores efectos. Maquillé su palidez. Subrayé con
rímel sus pestañas ralas. La ayudé a enfundarse el vestido negro sobre su
escueta figura. Y le volví a colocar todos los piercings.
Estaba
radiante. Preciosa. Radioactiva.
Mientras
bajaba las escaleras para despedirlas en la puerta de la peluquería, supe que
aquella Nochevieja sería especial. La última y más intensa para esa bravísima
diosa de la guerra. Para mí, la primera que pasaría en casa. Acurrucada en el
sofá. Vencida, golpeada. Destilando toda mi tristeza. Descifrando la magnitud
de un dolor que no era mío. Y sin dar explicaciones.
Os copio
el post de un amigo mío ( Miguel Ángel Malo) en facebook para recomendar un
libro. Casi un relato, sin pretenderlo. Lo podríamos titular Medicina y
literatura
En abril
de 2016, terminé sin pensar en una librería. Hasta aquí, nada raro. Era una de
esas librerías en las que todo está al alcance de la mano. Desde un lado del
expositor, un título me llamó la atención: “El grito del ave doméstica”, de
Maksim Ósipov. Un libro de cuentos. He dicho que el título me llamó la
atención. No por llamativo, sino por imposible. Las aves no gritan. Pían,
graznan, cacaraquean y hay algunas que hasta silban. Pero gritar, lo que se
dice gritar, no. Por eso, por imposible, me pareció que allí había un autor que
merecía la pena.
Previo
pago, llevé el libro a casa con el firme propósito de leerlo. Pero allí se
quedó sobre la mesa, junto al ordenador. El libro no lo sabía, pero tuve que
irme al hospital. Había que entrar en el quirófano, dejar que unos magos
disfrazados de cardiólogos me parasen el corazón para poder arreglarlo y volver
a paso lento al día a día.
No
recordé el libro durante ese tiempo. Mi objetivo eran los ejercicios de
respiración, llegar caminando un día hasta el recodo del pasillo y al día
siguiente hasta el final de ese mismo pasillo. Y, todos los días, una charla
con el cardiólogo. Me escuchaba, me miraba, interpretaba mis gestos, lo que
decía y lo que no decía. Me informaba y, a veces, me aconsejaba. Al fin y antes
de lo esperado, llegó el momento de volver a casa y vi el libro junto al
ordenador en la misma postura en que lo había dejado unas semanas atrás.
El libro
de Ósipov aguardaba tranquilo, sin expectación, mi regreso. Con la parsimonia
del cardiópata, me lo llevé al salón. Al comenzar el primer cuento
(“Moscú-Petrozavodsk”) estaba la sorpresa. El protagonista era un médico. En el
segundo cuento (“La gitana”) ocurría lo mismo. En el tercero (“Piezas sobre un
plano”), el protagonista no sólo era médico, era cardiólogo. El cuarto (el que
da título al libro) transcurre en un hospital. Tan sólo el quinto (“Colonia
minera Eternidad”) sucede en un ámbito distinto, aunque el autor utiliza la
técnica del manuscrito encontrado, manuscrito que es el texto que un paciente
deja ¡a su médico!
Con un
lenguaje tan descoyuntado como la vida cotidiana rusa post-soviética, entré en
los hospitales, entendí cómo algunos suplen la falta de medios y otros se
corrompen dentro de esa misma escasez. Y con el cardiólogo de “Piezas sobre un
plano”, viajé de avión en avión para complementar ingresos. No voy a decir que
lo leí de un tirón. Mi cuerpo se cansaba. Pero sí que podía pensar cuando no
estaba leyendo. Rumiar lo leído. Esperar el momento futuro en que iba a retomar
la lectura.
Al
terminar, me di cuenta de cómo un médico puede ser un literato afilado y duro,
con una luminosidad tan fuerte que a veces hay que apartar los ojos.
¿Qué
hace que un médico pueda ser un buen escritor? Lo fácil sería decir que es su
cercanía a la muerte. Eso, en el mundo de hoy, es raro; a pesar de la violencia
que a veces nos llega a raudales a través de imágenes, pocos ven morir
directamente a más de un par de personas en toda su vida y todas ellas suelen
ser familiares directos. El padre, la madre, un hermano, un amigo. En casos más
terribles, un hijo. Pero no es eso. Tampoco es que pueden ver el miedo a la
muerte en los ojos de los vivos, de algunos sus pacientes.
No es la
muerte, sino las confesiones de sus pacientes. En la consulta de los médicos
nos desnudamos y no sólo físicamente. Nos palpan y miran nuestra piel como un
explorador estudia los mapas. Para darle información a los médicos y que nos
puedan curar, hay que contarles lo que hemos hecho y dejado de hacer. Mucho de
lo que se les cuenta es mentira o, al menos, una simulación. Ellos lo saben,
claro, pero la verdad acaba saliendo a la luz por una pregunta certera cuya
respuesta el paciente desconoce, pero que el médico adivina por anticipado.
Cuando un médico también es escritor, es una bendición para los lectores.
Unos
cuantos relatos y crónicas, algo más largos:
Una
historia de gigantes, como ejemplo de los efectos de un exceso de
hormonas aquí
Y por
último un par de enlaces con textos muy interesantes, por si alguien ha llegado
hasta aquí:
En este
un padre cuenta su reacción cuando recibe la noticia de que su hijo recién
nacido tiene síndrome de Down y necesita una operación de corazón
urgentemente A corazón abierto , de Francisco Rodríguez
Criado, fragmento de su libro El diario Down
Y
un relato corto de Horacio Quiroga El almohadón de plumas, con un toque de terror
fantástico.
PD: recordad, si alguien se anima a escribir algo sobre biotecnología ( da para mucho imaginar clones y otras manipulaciones del ADN) que antes de los temas de microbiología en este blog os puse dos entradas con las principales técnicas de biotecnología.
"Menú
degustación" de lecturas inspiradoras para la escritura de vuestro texto
Aquí os
dejo unos cuantos textos en los que la salud o la biotecnología están contadas
en formato literario ( relato, microrrelato , crónica...) por si os sirven para
inspiraros para lo que os propongo en este apartado de Ciencia en ficción. Ya
veréis que los hay de todos los estilos ( divertidos, tristes, simbólicos,
realistas, fantásticos…)
Se trata
de que a partir de alguna de los conocimientos que habéis adquirido sobre
salud, enfermedad o bioteconología en este trimestre escribáis un pequeño texto
de ficción. Podéis inspiraros en cualquier tema relacionado con este área y
transformarlo en un cuento o una crónica. ¡La imaginación al poder!
Para
empezar unos cuantos microrrelatos, cortitos y contundentes (los últimos de
cosecha propia, ya me perdonaréis la vanidad) :
DESENCUENTRO
( Sara Lew)
Pasó
cincuenta años en una cápsula de criogenia aguardando a que la clonación de su
amada fuese viable. Cuando lo reanimaron ella se encontraba en la misma sala.
Sin embargo la felicidad de él chocó con la hermética frialdad de la joven que,
criogenizada, esperaba una futura implantación de recuerdos en los clonados.
El
secreto de Victoria: la dieta del doctor Wilt Montoya ( Mel Nebrea)
Victoria
iba a morir, y con ella sus 132 kilopótamos y las burlas de todos sus
conocidos. Renacería como Vicky, en una talla XL que la mimetizase con el resto
de fauna urbana.
El
doctor Montoya estudia los análisis de sangre, palpa michelín y aprieta lorza. Al
final entrega, por 350 euros, la dieta a seguir el próximo mes; además de
pasear un par de horas al día y mantener sexo con regularidad. ¡Qué más le
gustaría a ella! El doctor sonríe cómplice y le recomienda una tienda.
“Sex
shop Montoya, la tienda de las …” allí adquiere un modelo a pilas que resultará
ser su único consuelo tras treinta días a base de fruta, verduritas hervidas y
pollo a la plancha. Incluso ha llegado a salivar pensando en la zanahoria cruda
de media mañana.
El
doctor arquea las cejas al comprobar que la báscula marca cinco kilos más. Ella
insiste en que ha seguido la dieta a rajatabla, incluso cuando no podía
acabarse las 203 galletas de la merienda.
¡Qué
bochorno descubrir que eran 2 ó 3 galletas! En fin, el mes que viene lo
conseguirá. Sale de la consulta y se encamina al super: debe comprar más pilas.
Trillizos
( Jesús Esnaola)
La
enfermera me indica que puedo pasar a ver los gemelos. ¿ Gemelos? Si mi mujer
esperaba trillizos, grito víctima de los nervios. La enfermera se queda
desconcertada y e explica que mi mujer ha parido gemelos y yo la amenazo con
poner el hospital patas arriba hasta que encuentre al tercero. Sin duda han
debido de perderlo, banda de inútiles, vi sus cabezas en la ecografía. Entro en
la habitación de mi mujer y la encuentro tranquila, tal vez un poco atontada
por la anestesia, a ver cómo se lo explico yo ahora. Tiene en sus brazos a uno
de los pequeños y sonríe. Coge al otro, me dice, y yo lo hago, me inclino sobre
la cuna y abrazo al otro gemelo, sujetando con cuidado sus dos cabecitas.
Respiro
aliviado.
Llueve (
Isabel Gonzalez)
…o lo
que es lo mismo, el gotero todavía gotea. O lo que es igual , ellos han llorado
esta tarde fuera de la habitación, han entrado en mi cuarto, han comprobado las
sondas , han traído botellines de agua mineral , me han dado un beso húmedo en
la frente y se han largado a llover en la sala de espera. En el páramo seco al
otro lado de la puerta. Allí solo hay tormenta a ratos. Aquí dentro nunca deja
de llover. O lo que es lo mismo, me inyectan algo cada cuatro horas y , cada
ocho me extraen sangre. Se la llevan fuera. Mi sangre por un lado y yo por
otro. Alcohol, agua oxigenada y esa enfermera demasiado joven que me limpia el
culo. Estoy boca abajo. Mete la esponja en la jofaina y la escurre al sacarla.
Sonido de madre con fregona. De padre limpiando el coche en el lavadero de un
río. De todo lo pasado de moda que siempre es la infancia. Llueve. O lo que es
lo mismo, aquí han envasado la lluvia y , allí fuera, los coches derrapan a
veces sobre los charcos.
Células
vengativas ( Elena Casero)
Somos un
puñado de células que se multiplican, crecen, se desarrollan y se convierten en
seres humanos con distintas apariencias. En determinados casos, esas mismas
células se duplican produciendo humanos idénticos: el mismo color de ojos, la
misma tonalidad de cabello los mismos andares, y en contadas ocasiones-les
aseguro que mínimas-la genética se comporta de manera caprichosa y reproduce
las mismas huellas digitales.
Sentado
cerca del mar miro el horizonte inmóvil, aplacado por la luna, inmenso,
luminoso, y me acuerdo de mi hermano. Recuerdo nuestra infancia y sus
travesuras, de las que me hacían responsable; de sus fechorías, por las que yo
pagué con cárcel, mientras él…
Le
recuerdo en el momento en que mis huellas -las suyas- fueron halladas en el
escenario del crimen, el maltrecho cuerpo de su novia, el instante en que cayó
en su propio infierno. Veo a través de sus ojos el infinito del tiempo, de su
tiempo, carente de horizonte, y saboreo con intensidad la sabiduría de la
naturaleza.
La reina sorda ( Sara Lew)
Acuclilladas
laboriosamente a sus pies, las costureras cuchichean entre ellas mientras le
arreglan los bajos del vestido. Comentan despreocupadas cómo el rey la engaña
con cualquier falda que se aviente a su paso, y añaden, entre risas cómplices,
que razones no le faltan al monarca con semejante espantajo de esposa. La reina
las observa, inmutable. Cuando su traje luce al fin prolijamente acabado, llama
mediante señas a los guardias y, con gesto afásico, sentencia a las insolentes
llevándose la mano recta al cuello a modo de sierra.
Abril (
Beatriz Alonso)
Me senté
en la última fila del autobús, suplicando baches. En nuestra ansiada excursión
escolar, mis compañeras se regocijaban en sus asientos, piropeando al
conductor. La profesora decía que la primavera no tenía remedio. Unos días
antes yo había hecho el amor por primera vez. Sin precauciones.
El
olfateador ( Beatriz Alonso)
Por
ejemplo, averiguar quién era la mujer que me estaba anudando la corbata fue uno
de mis primeros éxitos como olfateador. Tenía los ojos vendados y toda la
oficina mirándome. En seguida supe que era la administrativa. Después otra
mujer pasó sus dedos por mi pelo y adiviné que era la documentalista. Tampoco
fallé cuando el diseñador gráfico me sacudió la caspa de los hombros. Al
regresar a mi mesa de trabajo la recepcionista, a modo de despedida, me tocó la
punta de la nariz, lo cual desencadenó en mí una terrible convulsión. Desde
entonces cuando llego a trabajar entro con un pañuelo en la nariz. Creen que es
alergia, pero es amor.
El niño que se comía las palabras ( Manu Espada)
A
algunas personas les trasplantan los pulmones. A otras les realizan un
trasplante de corazón o de córnea, pero siempre tiene que morir alguien. Mi
caso fue distinto. Cuando era pequeño no podía hablar, al menos no como el
resto de los niños. Cada sílaba requería el mayor de mis esfuerzos. Sin
embargo, mi padre se ganaba la vida con las palabras. Paradójico. Aún recuerdo
el domingo que llegó con una máquina de escribir antigua.Yo entré en su
despacho mientras él ponía la vieja Olivetti cobre la mesa. Colocó un trozo de
papel cebolla en el rodillo, me cogió el dedo índice y escribimos mi nombre. Mi
padre lo recortó con unas tijeras, lo hizo una bolita y me dijo: “Rica”. En
cuanto el papel rodó por la garganta dije mi nombre en voz alta. Desde ese día mi
padre no pudo volver a pronunciarlo. Luego vinieron muchas palabras más. Mi
padre me cogía el dedo, me susurraba cosas al oído, las tecleábamos y luego me
metía las palabras en la boca. El nunca más volvía a usarlas. Primero se quedó
sin sustantivos, luego sin verbos, más tarde me pasó los adjetivos, los
artículos, las preposiciones, hasta que me trasplantó todas las palabras del
mundo. Hasta que se quedó mudo.
PRIMER
PLATO ( Patricia Esteban Erlés)
Poco
después llegó la muerte. Todos la vimos trepar por tu pelo, pero bajamos los
ojos y seguimos comiendo. Rezando en voz baja para que se conformara contigo.
La selva
de los tecnicismos (Fernando A. Navarro)
Los
médicos, cuando a un niño le pica algo, decimos que sufre de prurito. Cuando le
duele la tripa y no encontramos la causa que lo está motivando, hablamos de
dolor abdominal funcional.
Si su
cifra de leucocitos está por debajo de un límite muy concreto, le decimos a la
mamá que padece leucopenia, pero ese es un nombre muy triste, porque recuerda a
otras voces dignas de lástima, como penar o pena.
Y cuando
todo está perfecto, en vez de decir que el chico simplemente está bien, le
ponemos la etiqueta impoluta de «niño sano», que es como decir «ropa limpia» o
«cajón ordenado».
En la
selva de los tecnicismos, unos son más extravagantes que otros; por ejemplo, si
a tu hijo le cae drásticamente la tensión arterial, decimos que se ha chocado,
como si fuera un tráiler en un día de niebla.
Hemisferios
Aquella fatídica noche la yaya Martina perdió a la
mitad de su marido.
Desde entonces él canta pero no habla, copia pero no
escribe. Juega al parchís pero no a los bolos. Sonríe dibujando una asimétrica
media luna.
La yaya sabe que él solo la ve si se acerca por
la izquierda. Desde ese lado le habla, en una conversación en la que ella
inventa y pone voz a la otra mitad. Ya no discuten, solo se miran y se
interpretan, como si buscaran salir de un laberinto.
Ella se empeña en compensar esta extraña partición:
ahora le quiere el doble que antes. También está el doble de cansada. Nunca
imaginó que se pudiera morir a plazos.
Ya está empezando a habituarse a este nuevo marido
manso y silencioso, a esa línea imaginaria que divide su cuerpo en dos, dejando
una garra a un lado y una mano al otro, a ese movimiento infinito de ida y vuelta
de la cama al comedor en la silla de ruedas.
Contempla los radios de las enormes ruedas que giran
como un interrogante a lo largo del pasillo.
No entiende, pero acepta. Como cada vez que la
vida le dio una noticia inesperada
ADN
Lo
sorprendente no es que no fuera hijo de quienes lo criaron. Ni que la causa de
su muerte no sea una conspiración asesina, sino una vulgar infección.
No me
impresiona saber qué comió la última vez, ni qué enfermedades hubiera tenido de
viejo. Ninguna objeción al incesto, tengo la piel muy gruesa con tanta serie
policíaca. Liarse con su hermanastra explica la prematura muerte de sus hijos,
el clásico castigo bíblico por no respetar las normas.
Lo único
que me deja totalmente desolado es que el pobre Tutankamon no pudiera llevarse
ni un solo secreto a su escondidísimo sarcófago.
Domingo en el zoo
La
visita anual al Zoo fue, como siempre, agotadora. Y un poco deprimente, la
verdad. Los niños la disfrutaron, claro, corriendo de aquí para allá, riéndose
de lo que hacían los macacos, esquivando pavos reales albinos, subiendo al
trenecito…
Reconozco
que con las nuevas instalaciones todo tiene un aire más aséptico, más moderno.
Hasta los delfines lucen más lustrosos y disciplinados.
Solo las
jaulas situadas al fondo del parque conservan la antigua atmósfera decadente,
ese tufo característico de zoológicos y circos. Allí se guardan los animales
más antiguos, los olvidados, los que ya no están de moda. Un dientes de sable
lleno de sarna se mueve en círculos dentro de su jaula mientras unos dodos
medio desplumados deambulan picoteando restos de bolsas de patatas por afuera.
Los mamuts resoplan de calor en su charco hediondo y el último tigre de
Tasmania observa lo que queda del mundo con sus ojos amarillos.
Pero lo
más impactante fue volver al recinto de los primates. En la última jaula,
agarrado a los barrotes, un desdentado Neanderthal me miraba fijamente. Como si
me reconociera. Como si quisiera decirme algo. Esa imagen me persigue como una
culpa. Maldigo el momento en el que se permitió a las empresas privadas jugar a
ser dioses con la biotecnología.
Liberación
A esas
alturas yo solo quería irme a mi casa. El médico y las enfermeras me
tranquilizaban en tono profesional, pero en cuanto se daban la vuelta yo intuía
gestos más sinceros. Luego de repente salían de la sala. Al volver me decían
que enseguida lo iban a solucionar.
Llevaba
más de media hora atrapada cuando me anunciaron la inminente llegada del
mecánico. No podía pensar en nada más deseable que un hombre con una caja de
herramientas. Por suerte las dos piezas de la -llamémosle así- pinza no
estaban, en el momento de quedarse atascada, a la máxima presión pero sí a la
suficiente como para que no me pudiera separar. Imposible marcharme a no ser
que me llevara el aparato a cuestas, así que me pareció mejor continuar como
estaba: medio desnuda y dibujando una prodigiosa contorsión con mi cuerpo enganchado
a una máquina de hacer mamografías.
Cincuenta
minutos después de la entrada a esa cámara de torturas, era por fin liberada.
Jamás me había sentido tan ligera. No me importó en absoluto que aun tuviera
que someterme a la ecografía y a la dolorosa punción para vaciar el líquido de
mis tetas fibroquísticas. Si me sentía con fuerzas, me dijeron. Como para
esperar otro año y medio, les dije.
Al
salir, ni siquiera me afectó -con lo sensible que yo soy- el aplauso de todas
esas mujeres que esperaban su turno mientras lucían esas sonrisas entre
solidarias e histéricas. Las pobres.
Al
menos yo ya estaba fuera.
Las diosas de la guerra
Terminé
de rasurar minuciosamente la superficie del cráneo. La madre salió del cuarto
simulando una tos inesperada. Le coloqué y ajusté la peluca pelirroja con
flequillo. Sedosa, natural, la acababa de cepillar.
La
joven, casi una niña, se miró al espejo con una alegría feroz, desesperada. Le
gustaba su nuevo aspecto. Afirmó, con determinación adolescente, que nada
ni nadie iba a impedirle salir aquella noche. Aunque estuviera mareada, aunque
tuviera que vomitar por los rincones.
Claro
que sí.
La mamá,
ya de vuelta, intentaba sonreír.
Me
esmeraba en conseguir los mejores efectos. Maquillé su palidez. Subrayé con
rímel sus pestañas ralas. La ayudé a enfundarse el vestido negro sobre su
escueta figura. Y le volví a colocar todos los piercings.
Estaba
radiante. Preciosa. Radioactiva.
Mientras
bajaba las escaleras para despedirlas en la puerta de la peluquería, supe que
aquella Nochevieja sería especial. La última y más intensa para esa bravísima
diosa de la guerra. Para mí, la primera que pasaría en casa. Acurrucada en el
sofá. Vencida, golpeada. Destilando toda mi tristeza. Descifrando la magnitud
de un dolor que no era mío. Y sin dar explicaciones.
Os copio
el post de un amigo mío ( Miguel Ángel Malo) en facebook para recomendar un
libro. Casi un relato, sin pretenderlo. Lo podríamos titular Medicina y
literatura
En abril
de 2016, terminé sin pensar en una librería. Hasta aquí, nada raro. Era una de
esas librerías en las que todo está al alcance de la mano. Desde un lado del
expositor, un título me llamó la atención: “El grito del ave doméstica”, de
Maksim Ósipov. Un libro de cuentos. He dicho que el título me llamó la
atención. No por llamativo, sino por imposible. Las aves no gritan. Pían,
graznan, cacaraquean y hay algunas que hasta silban. Pero gritar, lo que se
dice gritar, no. Por eso, por imposible, me pareció que allí había un autor que
merecía la pena.
Previo
pago, llevé el libro a casa con el firme propósito de leerlo. Pero allí se
quedó sobre la mesa, junto al ordenador. El libro no lo sabía, pero tuve que
irme al hospital. Había que entrar en el quirófano, dejar que unos magos
disfrazados de cardiólogos me parasen el corazón para poder arreglarlo y volver
a paso lento al día a día.
No
recordé el libro durante ese tiempo. Mi objetivo eran los ejercicios de
respiración, llegar caminando un día hasta el recodo del pasillo y al día
siguiente hasta el final de ese mismo pasillo. Y, todos los días, una charla
con el cardiólogo. Me escuchaba, me miraba, interpretaba mis gestos, lo que
decía y lo que no decía. Me informaba y, a veces, me aconsejaba. Al fin y antes
de lo esperado, llegó el momento de volver a casa y vi el libro junto al
ordenador en la misma postura en que lo había dejado unas semanas atrás.
El libro
de Ósipov aguardaba tranquilo, sin expectación, mi regreso. Con la parsimonia
del cardiópata, me lo llevé al salón. Al comenzar el primer cuento
(“Moscú-Petrozavodsk”) estaba la sorpresa. El protagonista era un médico. En el
segundo cuento (“La gitana”) ocurría lo mismo. En el tercero (“Piezas sobre un
plano”), el protagonista no sólo era médico, era cardiólogo. El cuarto (el que
da título al libro) transcurre en un hospital. Tan sólo el quinto (“Colonia
minera Eternidad”) sucede en un ámbito distinto, aunque el autor utiliza la
técnica del manuscrito encontrado, manuscrito que es el texto que un paciente
deja ¡a su médico!
Con un
lenguaje tan descoyuntado como la vida cotidiana rusa post-soviética, entré en
los hospitales, entendí cómo algunos suplen la falta de medios y otros se
corrompen dentro de esa misma escasez. Y con el cardiólogo de “Piezas sobre un
plano”, viajé de avión en avión para complementar ingresos. No voy a decir que
lo leí de un tirón. Mi cuerpo se cansaba. Pero sí que podía pensar cuando no
estaba leyendo. Rumiar lo leído. Esperar el momento futuro en que iba a retomar
la lectura.
Al
terminar, me di cuenta de cómo un médico puede ser un literato afilado y duro,
con una luminosidad tan fuerte que a veces hay que apartar los ojos.
¿Qué
hace que un médico pueda ser un buen escritor? Lo fácil sería decir que es su
cercanía a la muerte. Eso, en el mundo de hoy, es raro; a pesar de la violencia
que a veces nos llega a raudales a través de imágenes, pocos ven morir
directamente a más de un par de personas en toda su vida y todas ellas suelen
ser familiares directos. El padre, la madre, un hermano, un amigo. En casos más
terribles, un hijo. Pero no es eso. Tampoco es que pueden ver el miedo a la
muerte en los ojos de los vivos, de algunos sus pacientes.
No es la
muerte, sino las confesiones de sus pacientes. En la consulta de los médicos
nos desnudamos y no sólo físicamente. Nos palpan y miran nuestra piel como un
explorador estudia los mapas. Para darle información a los médicos y que nos
puedan curar, hay que contarles lo que hemos hecho y dejado de hacer. Mucho de
lo que se les cuenta es mentira o, al menos, una simulación. Ellos lo saben,
claro, pero la verdad acaba saliendo a la luz por una pregunta certera cuya
respuesta el paciente desconoce, pero que el médico adivina por anticipado.
Cuando un médico también es escritor, es una bendición para los lectores.
Unos
cuantos relatos y crónicas, algo más largos:
Una
historia de gigantes, como ejemplo de los efectos de un exceso de
hormonas aquí
Y por
último un par de enlaces con textos muy interesantes, por si alguien ha llegado
hasta aquí:
En este
un padre cuenta su reacción cuando recibe la noticia de que su hijo recién
nacido tiene síndrome de Down y necesita una operación de corazón
urgentemente A corazón abierto , de Francisco Rodríguez
Criado, fragmento de su libro El diario Down
Y
un relato corto de Horacio Quiroga El almohadón de plumas, con un toque de terror
fantástico.
PD: recordad, si alguien se anima a escribir algo sobre biotecnología ( da para mucho imaginar clones y otras manipulaciones del ADN) que antes de los temas de microbiología en este blog os puse dos entradas con las principales técnicas de biotecnología.




