viernes, 29 de mayo de 2020

CIencia en ficción

"Menú degustación" de lecturas inspiradoras para la escritura de vuestro texto




Aquí os dejo unos cuantos textos en los que la salud o la biotecnología están contadas en formato literario ( relato, microrrelato , crónica...) por si os sirven para inspiraros para lo que os propongo en este apartado de Ciencia en ficción. Ya veréis que los hay de todos los estilos ( divertidos, tristes, simbólicos, realistas, fantásticos…)
Se trata de que a partir de alguna de los conocimientos que habéis adquirido sobre salud, enfermedad o bioteconología en este trimestre escribáis un pequeño texto de ficción. Podéis inspiraros en cualquier tema relacionado con este área y transformarlo en un cuento o una crónica. ¡La imaginación al poder!
Para empezar unos cuantos microrrelatos, cortitos y contundentes (los últimos de cosecha propia, ya me perdonaréis la vanidad) :

DESENCUENTRO ( Sara Lew)
Pasó cincuenta años en una cápsula de criogenia aguardando a que la clonación de su amada fuese viable. Cuando lo reanimaron ella se encontraba en la misma sala. Sin embargo la felicidad de él chocó con la hermética frialdad de la joven que, criogenizada, esperaba una futura implantación de recuerdos en los clonados.

El secreto de Victoria: la dieta del doctor Wilt Montoya ( Mel Nebrea)

Victoria iba a morir, y con ella sus 132 kilopótamos y las burlas de todos sus conocidos. Renacería como Vicky, en una talla XL que la mimetizase con el resto de fauna urbana.
El doctor Montoya estudia los análisis de sangre, palpa michelín y aprieta lorza. Al final entrega, por 350 euros, la dieta a seguir el próximo mes; además de pasear un par de horas al día y mantener sexo con regularidad. ¡Qué más le gustaría a ella! El doctor sonríe cómplice y le recomienda una tienda.
“Sex shop Montoya, la tienda de las …” allí adquiere un modelo a pilas que resultará ser su único consuelo tras treinta días a base de fruta, verduritas hervidas y pollo a la plancha. Incluso ha llegado a salivar pensando en la zanahoria cruda de media mañana.
El doctor arquea las cejas al comprobar que la báscula marca cinco kilos más. Ella insiste en que ha seguido la dieta a rajatabla, incluso cuando no podía acabarse las 203 galletas de la merienda.
¡Qué bochorno descubrir que eran 2 ó 3 galletas! En fin, el mes que viene lo conseguirá. Sale de la consulta y se encamina al super: debe comprar más pilas.

Trillizos ( Jesús Esnaola)

La enfermera me indica que puedo pasar a ver los gemelos. ¿ Gemelos? Si mi mujer esperaba trillizos, grito víctima de los nervios. La enfermera se queda desconcertada y e explica que mi mujer ha parido gemelos y yo la amenazo con poner el hospital patas arriba hasta que encuentre al tercero. Sin duda han debido de perderlo, banda de inútiles, vi sus cabezas en la ecografía. Entro en la habitación de mi mujer y la encuentro tranquila, tal vez un poco atontada por la anestesia, a ver cómo se lo explico yo ahora. Tiene en sus brazos a uno de los pequeños y sonríe. Coge al otro, me dice, y yo lo hago, me inclino sobre la cuna y abrazo al otro gemelo, sujetando con cuidado sus dos cabecitas.
Respiro aliviado.

Llueve ( Isabel Gonzalez)

…o lo que es lo mismo, el gotero todavía gotea. O lo que es igual , ellos han llorado esta tarde fuera de la habitación, han entrado en mi cuarto, han comprobado las sondas , han traído botellines de agua mineral , me han dado un beso húmedo en la frente y se han largado a llover en la sala de espera. En el páramo seco al otro lado de la puerta. Allí solo hay tormenta a ratos. Aquí dentro nunca deja de llover. O lo que es lo mismo, me inyectan algo cada cuatro horas y , cada ocho me extraen sangre. Se la llevan fuera. Mi sangre por un lado y yo por otro. Alcohol, agua oxigenada y esa enfermera demasiado joven que me limpia el culo. Estoy boca abajo. Mete la esponja en la jofaina y la escurre al sacarla. Sonido de madre con fregona. De padre limpiando el coche en el lavadero de un río. De todo lo pasado de moda que siempre es la infancia. Llueve. O lo que es lo mismo, aquí han envasado la lluvia y , allí fuera, los coches derrapan a veces sobre los charcos.

Células vengativas ( Elena Casero)

Somos un puñado de células que se multiplican, crecen, se desarrollan y se convierten en seres humanos con distintas apariencias. En determinados casos, esas mismas células se duplican produciendo humanos idénticos: el mismo color de ojos, la misma tonalidad de cabello los mismos andares, y en contadas ocasiones-les aseguro que mínimas-la genética se comporta de manera caprichosa y reproduce las mismas huellas digitales.
Sentado cerca del mar miro el horizonte inmóvil, aplacado por la luna, inmenso, luminoso, y me acuerdo de mi hermano. Recuerdo nuestra infancia y sus travesuras, de las que me hacían responsable; de sus fechorías, por las que yo pagué con cárcel, mientras él…
Le recuerdo en el momento en que mis huellas -las suyas- fueron halladas en el escenario del crimen, el maltrecho cuerpo de su novia, el instante en que cayó en su propio infierno. Veo a través de sus ojos el infinito del tiempo, de su tiempo, carente de horizonte, y saboreo con intensidad la sabiduría de la naturaleza. 


La reina sorda ( Sara Lew) 

Acuclilladas laboriosamente a sus pies, las costureras cuchichean entre ellas mientras le arreglan los bajos del vestido. Comentan despreocupadas cómo el rey la engaña con cualquier falda que se aviente a su paso, y añaden, entre risas cómplices, que razones no le faltan al monarca con semejante espantajo de esposa. La reina las observa, inmutable. Cuando su traje luce al fin prolijamente acabado, llama mediante señas a los guardias y, con gesto afásico, sentencia a las insolentes llevándose la mano recta al cuello a modo de sierra.


Abril ( Beatriz Alonso)

Me senté en la última fila del autobús, suplicando baches. En nuestra ansiada excursión escolar, mis compañeras se regocijaban en sus asientos, piropeando al conductor. La profesora decía que la primavera no tenía remedio. Unos días antes yo había hecho el amor por primera vez. Sin precauciones.


El olfateador ( Beatriz Alonso) 
Por ejemplo, averiguar quién era la mujer que me estaba anudando la corbata fue uno de mis primeros éxitos como olfateador. Tenía los ojos vendados y toda la oficina mirándome. En seguida supe que era la administrativa. Después otra mujer pasó sus dedos por mi pelo y adiviné que era la documentalista. Tampoco fallé cuando el diseñador gráfico me sacudió la caspa de los hombros. Al regresar a mi mesa de trabajo la recepcionista, a modo de despedida, me tocó la punta de la nariz, lo cual desencadenó en mí una terrible convulsión. Desde entonces cuando llego a trabajar entro con un pañuelo en la nariz. Creen que es alergia, pero es amor.


El niño que se comía las palabras ( Manu Espada
)

A algunas personas les trasplantan los pulmones. A otras les realizan un trasplante de corazón o de córnea, pero siempre tiene que morir alguien. Mi caso fue distinto. Cuando era pequeño no podía hablar, al menos no como el resto de los niños. Cada sílaba requería el mayor de mis esfuerzos. Sin embargo, mi padre se ganaba la vida con las palabras. Paradójico. Aún recuerdo el domingo que llegó con una máquina de escribir antigua.Yo entré en su despacho mientras él ponía la vieja Olivetti cobre la mesa. Colocó un trozo de papel cebolla en el rodillo, me cogió el dedo índice y escribimos mi nombre. Mi padre lo recortó con unas tijeras, lo hizo una bolita y me dijo: “Rica”. En cuanto el papel rodó por la garganta dije mi nombre en voz alta. Desde ese día mi padre no pudo volver a pronunciarlo. Luego vinieron muchas palabras más. Mi padre me cogía el dedo, me susurraba cosas al oído, las tecleábamos y luego me metía las palabras en la boca. El nunca más volvía a usarlas. Primero se quedó sin sustantivos, luego sin verbos, más tarde me pasó los adjetivos, los artículos, las preposiciones, hasta que me trasplantó todas las palabras del mundo. Hasta que se quedó mudo. 

PRIMER PLATO ( Patricia Esteban Erlés)

Poco después llegó la muerte. Todos la vimos trepar por tu pelo, pero bajamos los ojos y seguimos comiendo. Rezando en voz baja para que se conformara contigo.



La selva de los tecnicismos (Fernando A. Navarro)


Los médicos, cuando a un niño le pica algo, decimos que sufre de prurito. Cuando le duele la tripa y no encontramos la causa que lo está motivando, hablamos de dolor abdominal funcional.
Si su cifra de leucocitos está por debajo de un límite muy concreto, le decimos a la mamá que padece leucopenia, pero ese es un nombre muy triste, porque recuerda a otras voces dignas de lástima, como penar o pena.
Y cuando todo está perfecto, en vez de decir que el chico simplemente está bien, le ponemos la etiqueta impoluta de «niño sano», que es como decir «ropa limpia» o «cajón ordenado».

En la selva de los tecnicismos, unos son más extravagantes que otros; por ejemplo, si a tu hijo le cae drásticamente la tensión arterial, decimos que se ha chocado, como si fuera un tráiler en un día de niebla.


Hemisferios

Aquella fatídica noche la yaya Martina perdió a la mitad de su marido.
Desde entonces él canta pero no habla, copia pero no escribe. Juega al parchís pero no a los bolos. Sonríe dibujando una asimétrica media luna.
 La yaya sabe que él solo la ve si se acerca por la izquierda. Desde ese lado le habla, en una conversación en la que ella inventa y pone voz a la otra mitad. Ya no discuten, solo se miran y se interpretan,  como si buscaran salir de un laberinto.
Ella se empeña en compensar esta extraña partición: ahora le quiere el doble que antes. También está el doble de cansada. Nunca imaginó que se pudiera morir a plazos.
Ya está empezando a habituarse a este nuevo marido manso y silencioso, a esa línea imaginaria que divide su cuerpo en dos, dejando una garra a un lado y una mano al otro, a ese movimiento infinito de ida y vuelta de la cama al comedor en la silla de ruedas.
Contempla los radios de las enormes ruedas que giran como un interrogante a lo largo del pasillo.
 No entiende, pero acepta. Como cada vez que la vida le dio una noticia inesperada

ADN 

Lo sorprendente no es que no fuera hijo de quienes lo criaron. Ni que la causa de su muerte no sea una conspiración asesina, sino una vulgar infección. 
No me impresiona saber qué comió la última vez, ni qué enfermedades hubiera tenido de viejo. Ninguna objeción al incesto, tengo la piel muy gruesa con tanta serie policíaca. Liarse con su hermanastra explica la prematura muerte de sus hijos, el clásico castigo bíblico por no respetar las normas.
Lo único que me deja totalmente desolado es que el pobre Tutankamon no pudiera llevarse ni un solo secreto a su escondidísimo sarcófago.


Domingo en el zoo  

La visita anual al Zoo fue, como siempre, agotadora. Y un poco deprimente, la verdad. Los niños la disfrutaron, claro, corriendo de aquí para allá, riéndose de lo que hacían los macacos, esquivando pavos reales albinos, subiendo al trenecito…
Reconozco que con las nuevas instalaciones todo tiene un aire más aséptico, más moderno. Hasta los delfines lucen más lustrosos y disciplinados.
Solo las jaulas situadas al fondo del parque conservan la antigua atmósfera decadente, ese tufo característico de zoológicos y circos. Allí se guardan los animales más antiguos, los olvidados, los que ya no están de moda. Un dientes de sable lleno de sarna se mueve en círculos dentro de su jaula mientras unos dodos medio desplumados deambulan picoteando restos de bolsas de patatas por afuera. Los mamuts resoplan de calor en su charco hediondo y el último tigre de Tasmania observa lo que queda del mundo con sus ojos amarillos.
Pero lo más impactante fue volver al recinto de los primates. En la última jaula, agarrado a los barrotes, un desdentado Neanderthal me miraba fijamente. Como si me reconociera. Como si quisiera decirme algo. Esa imagen me persigue como una culpa. Maldigo el momento en el que se permitió a las empresas privadas jugar a ser dioses con la biotecnología.

Liberación 

A esas alturas yo solo quería irme a mi casa. El médico y las enfermeras me tranquilizaban en tono profesional, pero en cuanto se daban la vuelta yo intuía gestos más sinceros. Luego de repente salían de la sala. Al volver me decían que enseguida lo iban a solucionar.
Llevaba más de media hora atrapada cuando me anunciaron la inminente llegada del mecánico. No podía pensar en nada más deseable que un hombre con una caja de herramientas. Por suerte las dos piezas de la -llamémosle así- pinza no estaban, en el momento de quedarse atascada, a la máxima presión pero sí a la suficiente como para que no me pudiera separar. Imposible marcharme a no ser que me llevara el aparato a cuestas, así que me pareció mejor continuar como estaba: medio desnuda y dibujando una prodigiosa contorsión con mi cuerpo enganchado a una máquina de hacer mamografías.
Cincuenta minutos después de la entrada a esa cámara de torturas, era por fin liberada. Jamás me había sentido tan ligera. No me importó en absoluto que aun tuviera que someterme a la ecografía y a la dolorosa punción para vaciar el líquido de mis tetas fibroquísticas. Si me sentía con fuerzas, me dijeron. Como para esperar otro año y medio, les dije.
Al salir, ni siquiera me afectó -con lo sensible que yo soy- el aplauso de todas esas mujeres que esperaban su turno mientras lucían esas sonrisas entre solidarias e histéricas. Las pobres.
 Al menos yo ya estaba fuera.

Las diosas de la guerra

Terminé de rasurar minuciosamente la superficie del cráneo. La madre salió del cuarto simulando una tos inesperada. Le coloqué y ajusté la peluca pelirroja con flequillo. Sedosa, natural, la acababa de cepillar.
La joven, casi una niña, se miró al espejo con una alegría feroz, desesperada. Le gustaba su nuevo aspecto.  Afirmó, con determinación adolescente, que nada ni nadie iba a impedirle salir aquella noche. Aunque estuviera mareada, aunque tuviera que vomitar por los rincones.
Claro que sí.
La mamá, ya de vuelta, intentaba sonreír.
Me esmeraba en conseguir los mejores efectos. Maquillé su palidez. Subrayé con rímel sus pestañas ralas. La ayudé a enfundarse el vestido negro sobre su escueta figura. Y le volví a colocar todos los piercings.
Estaba radiante. Preciosa. Radioactiva.
Mientras bajaba las escaleras para despedirlas en la puerta de la peluquería, supe que aquella Nochevieja sería especial. La última y más intensa para esa bravísima diosa de la guerra. Para mí, la primera que pasaría en casa. Acurrucada en el sofá. Vencida, golpeada. Destilando toda mi tristeza. Descifrando la magnitud de un dolor que no era mío. Y sin dar explicaciones.

Os copio el post de un amigo mío ( Miguel Ángel Malo) en facebook para recomendar un libro. Casi un relato, sin pretenderlo. Lo podríamos titular Medicina y literatura

En abril de 2016, terminé sin pensar en una librería. Hasta aquí, nada raro. Era una de esas librerías en las que todo está al alcance de la mano. Desde un lado del expositor, un título me llamó la atención: “El grito del ave doméstica”, de Maksim Ósipov. Un libro de cuentos. He dicho que el título me llamó la atención. No por llamativo, sino por imposible. Las aves no gritan. Pían, graznan, cacaraquean y hay algunas que hasta silban. Pero gritar, lo que se dice gritar, no. Por eso, por imposible, me pareció que allí había un autor que merecía la pena.
Previo pago, llevé el libro a casa con el firme propósito de leerlo. Pero allí se quedó sobre la mesa, junto al ordenador. El libro no lo sabía, pero tuve que irme al hospital. Había que entrar en el quirófano, dejar que unos magos disfrazados de cardiólogos me parasen el corazón para poder arreglarlo y volver a paso lento al día a día.
No recordé el libro durante ese tiempo. Mi objetivo eran los ejercicios de respiración, llegar caminando un día hasta el recodo del pasillo y al día siguiente hasta el final de ese mismo pasillo. Y, todos los días, una charla con el cardiólogo. Me escuchaba, me miraba, interpretaba mis gestos, lo que decía y lo que no decía. Me informaba y, a veces, me aconsejaba. Al fin y antes de lo esperado, llegó el momento de volver a casa y vi el libro junto al ordenador en la misma postura en que lo había dejado unas semanas atrás.
El libro de Ósipov aguardaba tranquilo, sin expectación, mi regreso. Con la parsimonia del cardiópata, me lo llevé al salón. Al comenzar el primer cuento (“Moscú-Petrozavodsk”) estaba la sorpresa. El protagonista era un médico. En el segundo cuento (“La gitana”) ocurría lo mismo. En el tercero (“Piezas sobre un plano”), el protagonista no sólo era médico, era cardiólogo. El cuarto (el que da título al libro) transcurre en un hospital. Tan sólo el quinto (“Colonia minera Eternidad”) sucede en un ámbito distinto, aunque el autor utiliza la técnica del manuscrito encontrado, manuscrito que es el texto que un paciente deja ¡a su médico!
Con un lenguaje tan descoyuntado como la vida cotidiana rusa post-soviética, entré en los hospitales, entendí cómo algunos suplen la falta de medios y otros se corrompen dentro de esa misma escasez. Y con el cardiólogo de “Piezas sobre un plano”, viajé de avión en avión para complementar ingresos. No voy a decir que lo leí de un tirón. Mi cuerpo se cansaba. Pero sí que podía pensar cuando no estaba leyendo. Rumiar lo leído. Esperar el momento futuro en que iba a retomar la lectura.
Al terminar, me di cuenta de cómo un médico puede ser un literato afilado y duro, con una luminosidad tan fuerte que a veces hay que apartar los ojos.
¿Qué hace que un médico pueda ser un buen escritor? Lo fácil sería decir que es su cercanía a la muerte. Eso, en el mundo de hoy, es raro; a pesar de la violencia que a veces nos llega a raudales a través de imágenes, pocos ven morir directamente a más de un par de personas en toda su vida y todas ellas suelen ser familiares directos. El padre, la madre, un hermano, un amigo. En casos más terribles, un hijo. Pero no es eso. Tampoco es que pueden ver el miedo a la muerte en los ojos de los vivos, de algunos sus pacientes.
No es la muerte, sino las confesiones de sus pacientes. En la consulta de los médicos nos desnudamos y no sólo físicamente. Nos palpan y miran nuestra piel como un explorador estudia los mapas. Para darle información a los médicos y que nos puedan curar, hay que contarles lo que hemos hecho y dejado de hacer. Mucho de lo que se les cuenta es mentira o, al menos, una simulación. Ellos lo saben, claro, pero la verdad acaba saliendo a la luz por una pregunta certera cuya respuesta el paciente desconoce, pero que el médico adivina por anticipado. Cuando un médico también es escritor, es una bendición para los lectores.

Unos cuantos relatos y crónicas, algo más largos:

Una historia de gigantes, como ejemplo de los efectos de un exceso de hormonas aquí
Y por último un par de enlaces con textos muy interesantes, por si alguien ha llegado hasta aquí: 

En este un padre cuenta su reacción cuando recibe la noticia de que su hijo recién nacido tiene síndrome de Down y necesita una operación de corazón urgentemente A corazón abierto , de Francisco Rodríguez Criado, fragmento de su libro El diario Down 

Y  un relato corto de Horacio Quiroga El almohadón de plumas, con un toque de terror fantástico.  

PD: recordad, si alguien se anima a escribir algo sobre biotecnología ( da para mucho imaginar clones y otras manipulaciones del ADN)  que antes de los temas de microbiología en este blog os puse dos entradas con las principales técnicas de biotecnología. 

sábado, 16 de mayo de 2020

El poder de los introvertidos


Aquí teneis otra charla de TED muy interesante, que habla sobre las características y las potencialidades de las personas que tienen una personalidad introvertida ( lo cual no tiene que ver exactamente con la timidez) que os puede servir de mucho a los que os consideréis introvertidos, es decir aquellos de vosotros que no necesitáis constantemente estímulos del exterior para funcionar perfectamente. Es muy reveladora y rompe esquemas sobre lo que significa la extroversión y la introversión.

Cómo se modifica nuestro cerebro cuando aprendemos



Os presento a David Bueno. Es profesor de genética en la UB, además de un excelente escritor y divulgador de temas científicos relacionados con la genética, la biotecnología  y la neurociencia. Por si fuera poco, es el coordinador de las PAUs  de biología de Catalunya.
Os lo presento porque tengo la suerte de conocerlo personalmente. 
Es un video largo pero vale mucho la pena, y tiene que ver con los temas tan interesantes como neurociencia, aprendizaje, adolescencia, emociones, estrategias didácticas…


Aquí tenéis otro link con otra conferencia de David  Bueno, hablando de inteligencia, de creatividad y de muchos otros asuntos muy interesantes 

Cómo afecta el estrés al cerebro


En este video se explica, de manera muy sintética, los efectos de un estrés continuado en el cerebro y el sistema nervioso. Está en inglés, pero si lo abrís desde youtube podéis poner subtítulos.

CNR1: Per què el consum de marihuana afecta greument el cervell


Localització: cromosoma 6
Nom sencer: receptor de canabonoides num 1
Longitud del gen: 1443 nucleòtids
Longitud de la proteïna: 472 aminoàcids 



El gen CNR1 fabrica un receptor de cannabioides, que com indica el seu nom, esta especialitzat en la detecció i interpretació de senyals procedents de les molècules psicoactives del cànnabis.  La seva funció natural, però, no és aquesta , perquè dins el nostre cos no hi ha marihuana, sinó detectar i interpretar els senyals procedents d’un neurotransmissors que fabrica el cervell anomenats endocanabioides, que s’assemblen moltíssim als principis psicoactius de la marihuana. Estan implicats en diversos processos fisiològics, com la sensació de gana i de dolor, l’estat d’anim i la memòria. Per això el consum de cànnabis afecta directament aquests processos.
El consum de drogues, entre les quals hi ha la marihuana, forma part de les característiques culturals de cada societat i de cada moment històric. Totes les cultures humanes admeten el consum de determinades substàncies amb efectes psicoactius i en prohibeixen d’altres, sovint de manera arbitrària, en funció dels antecedents històrics i el bagatge cultural. La marihuana n´és un bon exemple amb regulacions que depenen de cada país, com també ho  és l’alcohol, perfectament socialitzat en uns i prohibit n altres.
El consum de cànnabis té molts efectes sobre el cervell. Afecta a l’hipocamp, que és la regió que gestiona la memòria. Actua sobre unes petites neurones, anomenades interneurones, que son la primera baula del circuit neuronal dels records. Aquestes neurones produeixen un neurotransmissor anomenat GABA que actua com a inhibidor d’una sèrie de senyals que resulten necessaris perquè funcioni la memòria. Aquest neurotransmissor ha d’estar en equilibri amb un altre anomenat glutamat, que és un activador, de manera que el procés d’oblidar i recordar es produeixi de manera coordinada. El consum de marihuana alera aquest equilibri, motiu pel qual disminueix la capacitat de memòria i afavoreix l’oblit. I si es consumeix habitualment l’amnèsia s’intensifica i persisteix fins i tot quan no esta sota els seus efectes.
També fa que els reflexos disminueixin, i les persones que en consumeixen en grans quantitats durant períodes largs de temps desenvolupin problemes permanents de coordinació motora. El motiu és que la sobreestimulació dels receptors de cannabinoides provoca una resposta inflamatòria al cervell que altera el cerebel, que és la part encarregada de la coordinació dels moviments. Certament hi ha estudis que n’avalen el seu us terapèutic en dosis adequades i en casos concrets, sempre sota control mèdic, però la idea sovint socialment estesa, si més no en determinats ambients, que la marihuana és inofensiva resulta totalment equivocada. Malgrat que els consumidors de cànnabis que han estat fumant més de cinc cigarrets de marihuana al dia durant deu anys acaben patint danys greus  i irreversibles al cervell, que poden provocar diversos tipus de psicosis, aquets danys es produeixen ja a partir de quantitats menors i en períodes de temps més curts, i afecten també les zones del cervell que regulen les emocions, com la por i l’agresivitat, motiu pel qual pden conduir a alteracions del comportament amb símptomes psicòtics.
Per cert, l’estudi d’aquests i altres receptors implicats en el consum i els efectes de diverses drogues està permetent també dissenyar tractaments de deshabituació, que es basen en productes que interactuen amb els receptors sense activar-los

 100 gens que ens fan humans  ( poetes i assassins, inventors i imitadors, racionals i dogmàtics, biològics i culturals)  David Bueno i Torrens,   Cossetània editors

Inhibición del crecimiento causada por estrés


Crecer es estupendo cuando uno tiene diez años y está en la cama por la noche con la barriga llena. Pero no es lógico emplear demasiada energía en ello cuando tiene lugar una situación estresante. Tenemos que correr para salvar la vida, tratando de escapar del león. Si no tenemos tiempo para aprovechar las ventajas de la digestión tampoco lo tenemos para extraer beneficio alguno del crecimiento. Para comprender el proceso por el que el estrés inhibe el crecimiento es útil comenzar por casos extremos. Una niña de, digamos, ocho años va al médico porque ha dejado de crecer. No presenta ninguno de los problemas habituales: come lo suficiente, no parece estar enferma ni tiene parásitos intestinales que la priven de los nutrientes. No es posible identificar una causa organica de su problema, pero no crece. En muchos casos de este género suele haber un elemento tremendamente estresante: abandono emocional o maltrato psicológico. En tales circunstancias el síndrome se denomina enanismo causado por estrés, enanismo psicogénico síndrome de privación maternal  si se refiere a niños menores de tres años que han perdido a la madre.  
Puede que en este momento, a la mitad de los lectores por debajo de la altura media le ronde por la cabeza una pregunta. Si se es bajo, no se ha padecido enfermedades crónicas infantiles y se puede recordar un periodo desagradable en la infancia ¿se es producto de un enanismo por estrés leve?  Supongamos que uno de los progenitores del lector tiene un empleo que requiere frecuentes cambios de domicilio y que cada uno o dos años,  a lo largo de toda la infancia, el niño se siente desarraigado, se ve obligado a dejar a sus amigos y es enviado a un colegio desconocido. ¿Es esta la clase de situación asociada al enanismo psicogénico? Por supuesto que no. ¿ Y algo más grave? Supongamos que nuestros padres se divorciaron cuando éramos niños. Fue muy triste y, llegado a cierto punto, nos dimos cuenta con horror de que ninguno de los dos quería que fuéramos a vivir con él. ¿Enanismo por estrés? Probablemente no.
Este síndrome es extremadamente raro. Son casos de niños constantemente maltratados y psicológicamente aterrorizados por un padrastro desquiciado; de niños que, cuando la policía y los asistentes sociales tiran la puerta abajo, llevan encerrados meses en un armario oscuro. Son producto de una amplia y absurda psicopatología familiar. Aparecen en cualquier texto de endocrinología de pie y desnudos delante de un gráfico de crecimiento. Niños atrofiados, con un retraso de años respecto al índice de crecimiento esperable y a su desarrollo mental, magullados y en posturas distorsionadas y encogidas, atormentados, con una expresión apagada en sus caras y los ojos ocultos por los rectángulos obligatorios que acompañan a las personas desnudas en los textos de medicina.  E invariablemente, con historias que te dejan sin habla y te hacen asombrarte del potencial enfermizo de la mente humana.  
Y siempre, en la misma página del libro, hay una segunda foto sorprendente: el mismo niño, años más tarde, después de haber vivido en un entorno distinto. Sin moratones, quizás con un esbozo de sonrisa, y mucho más alto. Si se elimina el agente estresante antes de que el niño entre de lleno en la pubertad ( cuando los extremos de los huesos se sueldan y el crecimiento se detiene) , es posible “recuperar” parte del crecimiento, aunque en estado adulto, persistirán una baja estatura y cierto grado de falta de desarrollo intelectual y de personalidad.
 A pesar de que el enanismo por estrés sea una rareza clínica, hay ejemplos a lo largo de toda la historia. En el siglo XIII se produjo un caso a consecuencia de un experimento realizado por un famoso endocrinólogo, el rey Federico II de Sicilia. Parece que en la corte se hallaban enzarzados en una disputa filosófica acerca de cuál era la lengua natural del ser humano. Para resolver la cuestión, a Federico se le ocurrió una ida asombrosamente compleja para un experimento. Reclutó a la fuerza a un grupo de niños muy pequeños y encerró a cada uno de ellos en una habitación. Todos los días alguien les llevaba comida, mantas y ropa limpia, todo de la mejor calidad. Pero no se quedaban a jugar con los niños ni los abrazaba, pues se corría el riesgo de que la persona en cuestión hablara en presencia del niño. Los niños tenían que crecer sin contacto con el lenguaje humano para descubrir cuál era la lengua natural.  Naturalmente estos niños no salieron un día por la puerta recitando de forma espontánea un poema en italiano o cantando ópera. En realidad, ni siquiera salieron por la puerta, pues ninguno sobrevivió. La lección ahora nos resulta evidente: el desarrollo y el crecimiento óptimo no solo dependen de ingerir el número correcto de calorías y de tener el calor adecuado. Federico “trabajó en vano  ya que los niños no podían vivir sin palmadas, gestos y expresiones alegres y zalamerías” Cuenta Salimbene, un historiador contemporáneo. Parece muy plausible que estos niños, sanos y bien alimentados, murieran de enanismo por estrés.
El enanismo por estrés está relacionado con unos niveles muy bajos de la hormona del crecimiento en la sangre de estos niños. ¿ Por qué disminuye el nivel de la hormona de crecimiento en estos niños? Esta hormona está segregada por la hipófisis, que a su vez se halla regulada por el hipotálamo. Este controla la secreción de la hormona del crecimiento mediante la liberación de dos hormonas: una que estimula su secreción y otra que la inhibe. La hiperactividad del sistema nervioso simpático inducida por el estrés tal vez tenga algo que ver con el aumento de esta inhibición. Las hormonas del estrés ( corticoides) también bloquean la absorción de los nutrientes. Esto nos dice algo sobre cómo las hormonas del estrés detienen el crecimiento. ¿Pero cuál es el elemento decisivo que se halla ausente cuando un niño se cría en condiciones patológicas? Se ha estudiado este tema en crías de rata separadas de sus madres.  ¿Es la ausencia del olor de la madre? ¿ Es algo que hay en su leche lo que estimula el crecimiento?  ¿ Se enfrían las ratas al no estar con ella?  ¿ Son las canciones de cuna que les canta? El lector puede imaginar los diversos modos en que los científicos han comprobado estas posibilidades con grabaciones de las vocalizaciones maternales, introduciendo su olor en la jaula,observando qué es lo que puede sustituir al elemento importante.
Resulta que es el tacto y que tiene que ser activo. Si se separa a una cría de rata de su madre las hormonas del crecimiento caen en picado y se detiene su desarrollo. Si se le permite el contacto con la madre cuando ella se halla anestesiada, los niveles de hormona permanecen bajos. Si se imitan los movimientos de lamer de la madre mediantes caricias adecuadas a la cría, el crecimiento se normaliza. Otros investigadores, en hallazgos similares, han observado que tocar a las ratas recién nacidas hace que crezcan más y más deprisa.


Lo mismo parece aplicable a los humanos, como ha demostrado un estudio muy importante. Tiffany Field, de la universidad e la escuela de medicina de Miami, con la colaboración de otros científicos, llevó a cabo un experimento increíblemente sencillo , inspirado en el de las ratas que acabamos de describir. Al estudiar bebés prematuros en unidades neonatales, observaron que a pesar de los mimos que les prodigaban y la preocupación que inspiraban, apenas se les tocaba debido a las condiciones estériles en las que se les mantenía. Así que Field y compañía entraron y comenzaron a tocarlos en periodos de quince minutos tres veces al dí, acariciándoles el cuerpo y moviéndoles el cuerpo…con resultados prodigiosos. Los bebés crecieron casi un cincuenta por ciento más deprisa, eran más activos, su conducta maduró más deprisa y les dieron el alta una semana antes que a los bebés a los que no se tocó. Meses después seguían desarrollándose mejor que éstos. Si es posible replicar estos estudios de forma general, las implicaciones serán enormes.
El tacto es una de las experiencias fundamentales de una cría, ya sea de roedor, de primate o humana. Tendemos a creer que los agentes estresantes son una serie de cosas desagradables que le suceden a un organismo. Pero a veces, el agente estresante es la incapacidad de suministrarle algo esencial, y la ausencia de tacto parece ser uno de los más importantes agentes estresantes evolutivos que podemos padecer.



 Fragmento adaptado extraído de el libro ¿Por qué las cebras no tienen úlcera?  de Robert M, Sapolsky



El misterioso funcionamiento del cerebro adolescente

En este vídeo de TED y en éste artículo se habla del cerebro de los adolescentes, de los avances de la neurociencia y de las implicaciones de todo ello en educación. Me gustaría que les echarais un vistazo a ambos y reflexionarais sobre algún aspecto que os parezca relevante desde vuestra perspectiva.

miércoles, 22 de abril de 2020

Microbiología (VII) Los Fungi. Momias, brujas y la timidez de un investigador.

Durante el siglo XVI floreció un importante negocio relacionado con el tráfico de momias. Los pintores prerrafaelitas de Londres usaban para sus atrevidos y luminosos cuadros un pigmento llamado mummy brown ( marrón momia) que tenía como elemento principal el polvo de momia (compuesto por harina de huesos mezclada con el betún de embalsamar procedente de momias egipcias). Otro de los destinos de estas momias era fabricar mumia vera, un supuesto medicamento al que se atribuían variadísimas propiedades. En el año 1924, el mismo año en que se desarrolló la vacuna contra la tuberculosis, todavía era ofrecido este medicamento en el catálogo de la compañía farmacéutica Merck.  Cuando el expolio salvaje para cubrir la demanda de estos productos hizo que las momias auténticas escasearan cada vez más, se inició un mercado paralelo de falsos sustitutos (cadáveres secos de peregrinos a la Meca untados en betún, momias europeas, o el desarrollo de un nuevo “deporte” consistente en robar y secar cadáveres de ajusticiados). 

Carter y su equipo en la cámara de Tutankamón

Hacia 1912, el valle de los Reyes, donde fueron enterrados personajes reales emblemáticos como la gran Nefertari, empezaba a considerarse totalmente expoliado. Pero Lord Carnarvon, un aristócrata inglés aficionado a la egiptología, no estaba de acuerdo con esa idea. Contrató a Howard Carter, un reconocido arqueólogo y egiptólogo, y gracias a su perseverancia consiguieron lo que parecía imposible. El 22 de noviembre de 1922 accedieron, junto a varios familiares de lord Carnarvon y otros investigadores, a la recóndita tumba de Tutankamón. Cuatro meses después fallecía Lord Carnarvon de una neumonía, poco después su hermano,  también el encargado de radiografiar la momia y otro de los asistentes a la exhumación. Además, varias personas relacionadas con la apertura de la tumba murieron en extrañas circunstancias que incluían suicidios, infartos fulminantes o hemorragias cerebrales en un corto periodo de tiempo. Carter, en cambio falleció de muerte natural 17 años después. La prensa inglesa y el mismísimo autor de Sherlock Holmes solo tuvieron que dar un pequeño empujón para ayudar a que arraigara y se propagara la famosa Maldición de Tutankamón. “La muerte tocará con sus alas al que toque al faraón muerto” decía, según la prensa de la época, la inscripción que se encontró Carter al abrir la tumba.
La idea de la maldición era de lo más atractiva. Pero una de las hipótesis con más adeptos entre los científicos que  han estudiado el tema propone que muchas de esas muertes estuvieron relacionadas con una infección microbiana causada por hongos patógenos del género Aspergillus. Estos hongos forman esporas de resistencia que pueden permanecer viables durante siglos. Según esta hipótesis, con la apertura de la cámara estas esporas fueron inhaladas por los presentes y produjeron los problemas pulmonares graves que les llevaron a la muerte en los meses siguientes, cebándose especialmente en las personas mayores e inmunodeprimidas como Lord Carnarvon. Con posteridad a este acontecimiento se han dado más casos de infecciones con Aspergillus en otros levantamientos de momias.
Este hongo microscópico, que tiene el aspecto de una esfera en forma de aspersor, puede producir problemas de contagio en ambientes hospitalarios, y algunas especies se usan en biotecnología (producción de sake fermentando arroz, medicinas contra el colesterol, o enriquecimiento de piensos).

Aspergillus

Cuando pensamos en microorganismos capaces de producir enfermedades (infecciones que pueden ser incluso mortales) los virus y las bacterias son los primeros culpables que nos vienen a la cabeza. Si −parafraseando a Thomas de Quincey− considerásemos el asesinato como una de las bellas artes, existen otros dos grupos de microorganismos que serían otros grandes artistas asesinos. Son algunos representantes de los Protozoos (como el Pasmodium que produce la malaria) y de los Fungi (como Phytosphtora infestans, el hongo que causó la gran hambruna en Irlanda a mediados del siglo XIX al cargarse prácticamente toda la producción de patatas de la isla). Los protozoos merecen otro capítulo. Ahora vamos a dedicar nuestros esfuerzos divulgativos a hablar de los Hongos (el antiguo Reino de los Fungi, que aunque suene muy legendario es simplemente una categoría taxonómica). Esos organismos son tan poco conocidos como causantes de enfermedades como lo es Teruel como destino turístico.
Mi faceta de señorita Rottenmeier me lleva a empezar por intentar libraros de un error fatal que casi todos los alumnos despistados tienen incorporado hasta el tuétano: los hongos no son plantas. Podéis repetir conmigo: ¡LOS HONGOS NO SON PLANTAS!
Decir que un hongo es una planta es lo mismo que afirmar que las ballenas son peces o que los murciélagos son pájaros. Es verdad que los hongos más grandes (los que conocemos como setas) pueden parecer una planta porque son estáticos y los encontramos en los bosques, pero ese es todo lo que tienen en común con ellas.  No tienen ninguna relación evolutiva, ni taxonómica (en la clasificación de los seres vivos están en grupos diferentes). Y, sobre todo, no son verdes (no tienen clorofila) como las plantas. Dicho de otra manera: necesitan alimentarse de materia orgánica, no la pueden fabricar ellos a partir de materia inorgánica, como lo hacen las plantas gracias al proceso de la fotosíntesis. Eso significa que son heterótrofos, como los animales. De hecho, a nivel bioquímico, tienen otras semejanzas con los animales, como las moléculas que usan para almacenar energía (glucógeno, como el que tenemos en hígado y músculos) o las que cubren sus paredes celulares (quitina, como la que hay en el caparazón de un escarabajo o en la “funda” de un langostino). Pero los hongos tampoco son animales ¿Por qué?  Primero, porque evolutivamente proceden de diferentes ramas del árbol de la vida. Y segundo, porque no tienen auténticos tejidos y la digestión es externa. O sea, que son otra cosa. Diferentes, desconocidos y huidizos. Y no todos son como las setas.  La mayoría (y hay muchísimas especies) son microscópicos. Pero antes de intentar observar bajo la lente del microscopio a estos organismos tan esquivos a dejarse clasificar, nos van a sorprender con otro dato: el ser vivo más grande que existe es un hongo. Se encuentra en un parque nacional de Oregón. Ocupa una superficie de 10 km2, tiene la friolera de 2400 años y pesa unas 70.000 toneladas en su conjunto. Y digo en su conjunto porque no se trata de unas seta gigantesca sino de un único organismo (mismo genoma) unido por unos filamentos (hifas) subterráneos, que deja asomar su ser a la superficie en forma de miles de “cabecitas” (las setas) como si se tratara de un monstruo de mil cabezas.


Lo mismo que ocurre con los otros microorganismos, no hay que quitarles la buena fama por que unas cuantas especies hayan evolucionado para parasitar a otros y producirles enfermedades (siempre por una causa lícita, desde su punto de vista, la única que sirve en biología: reproducirse). La mayoría de los hongos tienen funciones cruciales a nivel ecológico (cerrar el ciclo de la materia y fertilizar la tierra), biotecnológico (fermentaciones, alimentación, medicamentos) y como componentes de organismos simbióticos como los humildes líquenes (cuya distribución nos permite hacer mapas de aire limpio, pues solo sobreviven en zonas donde no hay contaminación).
Una vez presentados, vamos a por otros ejemplos de hongos que hayan tenido alguna relación con la enfermedad, la salud y la historia de la humanidad.
¿Qué puede tener que ver la caza de brujas, las posesiones diabólicas o el baile de san Vito con un hongo?  Mucho. Pero en su momento no se sabía.

Grabado que muestra un juicio de las brujas de Salem 

A lo largo de la historia, sobre todo en zonas de climas húmedos, de vez en cuando se daban episodios de comportamientos colectivos que incluían alucinaciones, delirios, convulsiones, y bailes desenfrenados que podían acabar con la muerte súbita. Lo que se conocía como el baile de san Vito, el fuego de san Antonio, las posesiones demoniacas o los aquelarres de las brujas seguramente eran manifestaciones de ergotismo, una enfermedad producida por un hongo. El problema de enfrentarte a un problema del que se desconoce la causa es parecido a lo que les pasaba a los antiguos cartógrafos: las zonas inexploradas (y por lo tanto peligrosas) del mapa eran señaladas con dibujos de dragones, serpientes marinas y otras terribles criaturas fantásticas. Los peligros de la terra incógnita se etiquetaban con la frase Hic sunt dracones (Aquí hay dragones). Y los dragones, ya se sabe, suelen dar mucho miedo y producir reacciones contundentes entre los que prefieren la seguridad de lo conocido.
Las personas con estos síntomas eran muy difíciles de controlar, eran un peligro para el equilibrio social. Las cacerías de brujas (como el juicio de las brujas de Salem en el estado de Massachussets en 1692) y los exorcismos de posesiones diabólicas fueron dos de las respuestas de la “gente de orden” para castigar estas manifestaciones de los “dragones”.
El centeno era uno de los alimentos más consumidos por las clases bajas. Los campesinos sabían que a veces le crecía una especie de espolón negruzco que crecía entre sus espigas. Intentaban eliminarlo, pero si quedaban restos éste se mezclaba con la harina de centeno produciendo intoxicaciones. Hoy sabemos que el cornezuelo del centeno, o ergot, es un hongo que parasita esta gramínea. Su nombre científico es Claviceps purpurea,y produce unos alcaloides ( unos productos de su metabolismo secundario que evolutivamente le ha servido como protección en la lucha biológica que también  se libra entre organismos no animales) que tienen efectos sobre el sistema nervioso y circulatorio de quienes lo consumen. 

Cornezuelo del centeno

De hecho, uno de estos alcaloides, la ergotamina, es el precursor de la síntesis del LSD tan usado en la época hippie como alucinógeno. El investigador que lo aisló sufrió unas alucinaciones que le parecieron muy interesantes cuando se contaminó sin querer. Otro alcaloide del cornezuelo es la ergometrina, que se usa en obstetricia para provocar las contracciones uterinas y evitar las hemorragias post parto por su acción vasoconstrictora. Se cree que el polvo gris que algunas viejas parteras llevaban siempre con ellas en un frasco, no era otra cosa que cornezuelo del centeno molido.
Y no podemos dejar de mencionar, hablando de hongos relacionados con la salud y la enfermedad, el descubrimiento de la penicilina por parte de Alexander Fleming en 1928. La palabra penicilina viene de Penicilium, el nombre científico de un género de hongo microscópico cuyas esporas tiene aspecto de pincel.  Fleming trabajaba en un laboratorio de un hospital de Londres.  Una mañana descubrió que una de las placas de Petri en la que estaba cultivando estafilococos ( las bacterias que forman el pus) estaba contaminada con algo que había eliminado a las bacterias. Aparecían claramente unos círculos en los lugares donde quedaban destruidos los estafilococos. 

"Pinceles" de Penicilium


Placa de Fleming en la que descubrió la penicilina

Fleming intentó averiguar qué era lo que había matado a las bacterias. Descubrió que se trataba de un moho (un tipo de hongo) que era muy común en el pan ( Penicilium notatum). Esta sustancia ya se usaba para producir quesos azules y los antiguos sabían que el moho de las paredes de las iglesias les libraba de las infecciones de las heridas. Alguna sustancia producida por este hongo microscópico resultaba mortal para los gérmenes. Fleming comprendió que esta sustancia se podría usar como medicina antibacteriológica y publicó los resultados en 1929, pero nadie le prestó demasiada atención en aquella época. No se le puede pedir a un excelente investigador que además sea un buen vendedor de su producto, suelen ser personas introvertidas.  Ya ha ocurrido en otras ocasiones en la historia de la ciencia, me viene a la cabeza Gregor Mendel, o el mismo Semmerweiss del que hemos hablado en otra entrada. Tuvieron que pasar diez años más para que otros investigadores se lo creyeran, y consiguieran cultivar suficiente cantidad del hongo como para probar la sustancia segregada por el hongo en personas y animales. En 1944 se empezó a usar como medicina y se le llamó penicilina. Solo en el primer año de utilización se consiguió salvar la vida de miles de soldados heridos en la Segunda Guerra Mundial. No hace falta glosar la crucial importancia de la penicilina en la salud y en el crecimiento de la población a partir de ese momento.
Propongo un último esfuerzo (si alguien ha llegado hasta aquí) de empatía extrema. Vamos a ver la jugada desde la perspectiva de los microorganismos, no de los beneficios o prejuicios que nos produzcan a nosotros. La penicilina no la diseñó la naturaleza para que los humanos se libraran de las enfermedades infecciosas, esa idea es muy antropocéntrica. Mientras que nosotros acabamos de llegar a la historia de la tierra,  los microorganismos son los genuinos habitantes de la tierra desde el principio. Entre ellos se establece una competencia por el alimento y el espacio, y precisamente estas sustancias que son letales para otras especies son la que han favorecido la evolución para que en un medio concreto puedan sobrevivir y reproducirse, el leit motiv de cualquier ser vivo. Son armas de una guerra biológica que se llevaba librando miles de millones de años antes de que llegáramos nosotros. En la placa de Fleming estaban luchando por el medio de cultivo (alimento) las bacterias de estafilococos y los mohos de Penicilium. Simplemente él supo sacar provecho para eliminar algunos de los parásitos que más mortalidad producen en nuestra especie. Me gustaría acabar con este artículo con esta visión más amplia, de conjunto, de la situación.

Campo de batalla microscópico: Penicilium contra Estafilococus 

Y con un fragmento de la obra mencionada al principio del gran Thomas de Quincey ( “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”) autor inglés marginal ( como los hongos ) y muy admirado por Borges.:
“Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente".

PD: agradezco a Ana Delgado, ex alumna y futura farmacéutica, su asesoramiento para introducirme en el fascinante universo de los Fungi.