Durante el siglo XVI floreció un importante negocio relacionado con el tráfico de momias. Los pintores prerrafaelitas de Londres usaban para sus atrevidos y luminosos cuadros un pigmento llamado mummy brown ( marrón momia) que tenía como elemento principal el polvo de momia (compuesto por harina de huesos mezclada con el betún de embalsamar procedente de momias egipcias). Otro de los destinos de estas momias era fabricar mumia vera, un supuesto medicamento al que se atribuían variadísimas propiedades. En el año 1924, el mismo año en que se desarrolló la vacuna contra la tuberculosis, todavía era ofrecido este medicamento en el catálogo de la compañía farmacéutica Merck. Cuando el expolio salvaje para cubrir la demanda de estos productos hizo que las momias auténticas escasearan cada vez más, se inició un mercado paralelo de falsos sustitutos (cadáveres secos de peregrinos a la Meca untados en betún, momias europeas, o el desarrollo de un nuevo “deporte” consistente en robar y secar cadáveres de ajusticiados).
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| Carter y su equipo en la cámara de Tutankamón |
Hacia 1912, el valle de los Reyes, donde fueron enterrados personajes reales emblemáticos como la gran Nefertari, empezaba a considerarse totalmente expoliado. Pero Lord Carnarvon, un aristócrata inglés aficionado a la egiptología, no estaba de acuerdo con esa idea. Contrató a Howard Carter, un reconocido arqueólogo y egiptólogo, y gracias a su perseverancia consiguieron lo que parecía imposible. El 22 de noviembre de 1922 accedieron, junto a varios familiares de lord Carnarvon y otros investigadores, a la recóndita tumba de Tutankamón. Cuatro meses después fallecía Lord Carnarvon de una neumonía, poco después su hermano, también el encargado de radiografiar la momia y otro de los asistentes a la exhumación. Además, varias personas relacionadas con la apertura de la tumba murieron en extrañas circunstancias que incluían suicidios, infartos fulminantes o hemorragias cerebrales en un corto periodo de tiempo. Carter, en cambio falleció de muerte natural 17 años después. La prensa inglesa y el mismísimo autor de Sherlock Holmes solo tuvieron que dar un pequeño empujón para ayudar a que arraigara y se propagara la famosa Maldición de Tutankamón. “La muerte tocará con sus alas al que toque al faraón muerto” decía, según la prensa de la época, la inscripción que se encontró Carter al abrir la tumba.
La idea de la maldición era de lo más atractiva. Pero una de las hipótesis con más adeptos entre los científicos que han estudiado el tema propone que muchas de esas muertes estuvieron relacionadas con una infección microbiana causada por hongos patógenos del género Aspergillus. Estos hongos forman esporas de resistencia que pueden permanecer viables durante siglos. Según esta hipótesis, con la apertura de la cámara estas esporas fueron inhaladas por los presentes y produjeron los problemas pulmonares graves que les llevaron a la muerte en los meses siguientes, cebándose especialmente en las personas mayores e inmunodeprimidas como Lord Carnarvon. Con posteridad a este acontecimiento se han dado más casos de infecciones con Aspergillus en otros levantamientos de momias.
Este hongo microscópico, que tiene el aspecto de una esfera en forma de aspersor, puede producir problemas de contagio en ambientes hospitalarios, y algunas especies se usan en biotecnología (producción de sake fermentando arroz, medicinas contra el colesterol, o enriquecimiento de piensos).
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| Aspergillus |
Cuando pensamos en microorganismos capaces de producir enfermedades (infecciones que pueden ser incluso mortales) los virus y las bacterias son los primeros culpables que nos vienen a la cabeza. Si −parafraseando a Thomas de Quincey− considerásemos el asesinato como una de las bellas artes, existen otros dos grupos de microorganismos que serían otros grandes artistas asesinos. Son algunos representantes de los Protozoos (como el Pasmodium que produce la malaria) y de los Fungi (como Phytosphtora infestans, el hongo que causó la gran hambruna en Irlanda a mediados del siglo XIX al cargarse prácticamente toda la producción de patatas de la isla). Los protozoos merecen otro capítulo. Ahora vamos a dedicar nuestros esfuerzos divulgativos a hablar de los Hongos (el antiguo Reino de los Fungi, que aunque suene muy legendario es simplemente una categoría taxonómica). Esos organismos son tan poco conocidos como causantes de enfermedades como lo es Teruel como destino turístico.
Mi faceta de señorita Rottenmeier me lleva a empezar por intentar libraros de un error fatal que casi todos los alumnos despistados tienen incorporado hasta el tuétano: los hongos no son plantas. Podéis repetir conmigo: ¡LOS HONGOS NO SON PLANTAS!
Decir que un hongo es una planta es lo mismo que afirmar que las ballenas son peces o que los murciélagos son pájaros. Es verdad que los hongos más grandes (los que conocemos como setas) pueden parecer una planta porque son estáticos y los encontramos en los bosques, pero ese es todo lo que tienen en común con ellas. No tienen ninguna relación evolutiva, ni taxonómica (en la clasificación de los seres vivos están en grupos diferentes). Y, sobre todo, no son verdes (no tienen clorofila) como las plantas. Dicho de otra manera: necesitan alimentarse de materia orgánica, no la pueden fabricar ellos a partir de materia inorgánica, como lo hacen las plantas gracias al proceso de la fotosíntesis. Eso significa que son heterótrofos, como los animales. De hecho, a nivel bioquímico, tienen otras semejanzas con los animales, como las moléculas que usan para almacenar energía (glucógeno, como el que tenemos en hígado y músculos) o las que cubren sus paredes celulares (quitina, como la que hay en el caparazón de un escarabajo o en la “funda” de un langostino). Pero los hongos tampoco son animales ¿Por qué? Primero, porque evolutivamente proceden de diferentes ramas del árbol de la vida. Y segundo, porque no tienen auténticos tejidos y la digestión es externa. O sea, que son otra cosa. Diferentes, desconocidos y huidizos. Y no todos son como las setas. La mayoría (y hay muchísimas especies) son microscópicos. Pero antes de intentar observar bajo la lente del microscopio a estos organismos tan esquivos a dejarse clasificar, nos van a sorprender con otro dato: el ser vivo más grande que existe es un hongo. Se encuentra en un parque nacional de Oregón. Ocupa una superficie de 10 km2, tiene la friolera de 2400 años y pesa unas 70.000 toneladas en su conjunto. Y digo en su conjunto porque no se trata de unas seta gigantesca sino de un único organismo (mismo genoma) unido por unos filamentos (hifas) subterráneos, que deja asomar su ser a la superficie en forma de miles de “cabecitas” (las setas) como si se tratara de un monstruo de mil cabezas.
Lo mismo que ocurre con los otros microorganismos, no hay que quitarles la buena fama por que unas cuantas especies hayan evolucionado para parasitar a otros y producirles enfermedades (siempre por una causa lícita, desde su punto de vista, la única que sirve en biología: reproducirse). La mayoría de los hongos tienen funciones cruciales a nivel ecológico (cerrar el ciclo de la materia y fertilizar la tierra), biotecnológico (fermentaciones, alimentación, medicamentos) y como componentes de organismos simbióticos como los humildes líquenes (cuya distribución nos permite hacer mapas de aire limpio, pues solo sobreviven en zonas donde no hay contaminación).
Una vez presentados, vamos a por otros ejemplos de hongos que hayan tenido alguna relación con la enfermedad, la salud y la historia de la humanidad.
¿Qué puede tener que ver la caza de brujas, las posesiones diabólicas o el baile de san Vito con un hongo? Mucho. Pero en su momento no se sabía.
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| Grabado que muestra un juicio de las brujas de Salem |
A lo largo de la historia, sobre todo en zonas de climas húmedos, de vez en cuando se daban episodios de comportamientos colectivos que incluían alucinaciones, delirios, convulsiones, y bailes desenfrenados que podían acabar con la muerte súbita. Lo que se conocía como el baile de san Vito, el fuego de san Antonio, las posesiones demoniacas o los aquelarres de las brujas seguramente eran manifestaciones de ergotismo, una enfermedad producida por un hongo. El problema de enfrentarte a un problema del que se desconoce la causa es parecido a lo que les pasaba a los antiguos cartógrafos: las zonas inexploradas (y por lo tanto peligrosas) del mapa eran señaladas con dibujos de dragones, serpientes marinas y otras terribles criaturas fantásticas. Los peligros de la terra incógnita se etiquetaban con la frase Hic sunt dracones (Aquí hay dragones). Y los dragones, ya se sabe, suelen dar mucho miedo y producir reacciones contundentes entre los que prefieren la seguridad de lo conocido.
Las personas con estos síntomas eran muy difíciles de controlar, eran un peligro para el equilibrio social. Las cacerías de brujas (como el juicio de las brujas de Salem en el estado de Massachussets en 1692) y los exorcismos de posesiones diabólicas fueron dos de las respuestas de la “gente de orden” para castigar estas manifestaciones de los “dragones”.
El centeno era uno de los alimentos más consumidos por las clases bajas. Los campesinos sabían que a veces le crecía una especie de espolón negruzco que crecía entre sus espigas. Intentaban eliminarlo, pero si quedaban restos éste se mezclaba con la harina de centeno produciendo intoxicaciones. Hoy sabemos que el cornezuelo del centeno, o ergot, es un hongo que parasita esta gramínea. Su nombre científico es Claviceps purpurea,y produce unos alcaloides ( unos productos de su metabolismo secundario que evolutivamente le ha servido como protección en la lucha biológica que también se libra entre organismos no animales) que tienen efectos sobre el sistema nervioso y circulatorio de quienes lo consumen.
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| Cornezuelo del centeno |
De hecho, uno de estos alcaloides, la ergotamina, es el precursor de la síntesis del LSD tan usado en la época hippie como alucinógeno. El investigador que lo aisló sufrió unas alucinaciones que le parecieron muy interesantes cuando se contaminó sin querer. Otro alcaloide del cornezuelo es la ergometrina, que se usa en obstetricia para provocar las contracciones uterinas y evitar las hemorragias post parto por su acción vasoconstrictora. Se cree que el polvo gris que algunas viejas parteras llevaban siempre con ellas en un frasco, no era otra cosa que cornezuelo del centeno molido.
Y no podemos dejar de mencionar, hablando de hongos relacionados con la salud y la enfermedad, el descubrimiento de la penicilina por parte de Alexander Fleming en 1928. La palabra penicilina viene de Penicilium, el nombre científico de un género de hongo microscópico cuyas esporas tiene aspecto de pincel. Fleming trabajaba en un laboratorio de un hospital de Londres. Una mañana descubrió que una de las placas de Petri en la que estaba cultivando estafilococos ( las bacterias que forman el pus) estaba contaminada con algo que había eliminado a las bacterias. Aparecían claramente unos círculos en los lugares donde quedaban destruidos los estafilococos.
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| "Pinceles" de Penicilium |
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| Placa de Fleming en la que descubrió la penicilina |
Fleming intentó averiguar qué era lo que había matado a las bacterias. Descubrió que se trataba de un moho (un tipo de hongo) que era muy común en el pan ( Penicilium notatum). Esta sustancia ya se usaba para producir quesos azules y los antiguos sabían que el moho de las paredes de las iglesias les libraba de las infecciones de las heridas. Alguna sustancia producida por este hongo microscópico resultaba mortal para los gérmenes. Fleming comprendió que esta sustancia se podría usar como medicina antibacteriológica y publicó los resultados en 1929, pero nadie le prestó demasiada atención en aquella época. No se le puede pedir a un excelente investigador que además sea un buen vendedor de su producto, suelen ser personas introvertidas. Ya ha ocurrido en otras ocasiones en la historia de la ciencia, me viene a la cabeza Gregor Mendel, o el mismo Semmerweiss del que hemos hablado en otra entrada. Tuvieron que pasar diez años más para que otros investigadores se lo creyeran, y consiguieran cultivar suficiente cantidad del hongo como para probar la sustancia segregada por el hongo en personas y animales. En 1944 se empezó a usar como medicina y se le llamó penicilina. Solo en el primer año de utilización se consiguió salvar la vida de miles de soldados heridos en la Segunda Guerra Mundial. No hace falta glosar la crucial importancia de la penicilina en la salud y en el crecimiento de la población a partir de ese momento.
Propongo un último esfuerzo (si alguien ha llegado hasta aquí) de empatía extrema. Vamos a ver la jugada desde la perspectiva de los microorganismos, no de los beneficios o prejuicios que nos produzcan a nosotros. La penicilina no la diseñó la naturaleza para que los humanos se libraran de las enfermedades infecciosas, esa idea es muy antropocéntrica. Mientras que nosotros acabamos de llegar a la historia de la tierra, los microorganismos son los genuinos habitantes de la tierra desde el principio. Entre ellos se establece una competencia por el alimento y el espacio, y precisamente estas sustancias que son letales para otras especies son la que han favorecido la evolución para que en un medio concreto puedan sobrevivir y reproducirse, el leit motiv de cualquier ser vivo. Son armas de una guerra biológica que se llevaba librando miles de millones de años antes de que llegáramos nosotros. En la placa de Fleming estaban luchando por el medio de cultivo (alimento) las bacterias de estafilococos y los mohos de Penicilium. Simplemente él supo sacar provecho para eliminar algunos de los parásitos que más mortalidad producen en nuestra especie. Me gustaría acabar con este artículo con esta visión más amplia, de conjunto, de la situación.
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| Campo de batalla microscópico: Penicilium contra Estafilococus |
Y con un fragmento de la obra mencionada al principio del gran Thomas de Quincey ( “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”) autor inglés marginal ( como los hongos ) y muy admirado por Borges.:
“Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente".
PD: agradezco a Ana Delgado, ex alumna y futura farmacéutica, su asesoramiento para introducirme en el fascinante universo de los Fungi.
























