Como vimos en la primera entrega de esta “saga” microbiológica, el impacto que tuvo la vacuna de la viruela ideada por Jenner fue colosal. Hay que recordar que la viruela tenía una mortalidad altísima (se cree que ha matado a más personas que todas las guerras juntas) y las secuelas que quedaban en los que sobrevivían (como las cicatrices en todo el cuerpo y en algunos casos ceguera) contribuyó a una adhesión masiva a la vacuna por parte de toda la población europea. Al inocular líquido de las pústulas que tenía una persona afectada por la viruela de las vacas, Jenner, sin saberlo, estaba aplicando un principio básico de la inmunización por vacunas. Vendría a ser algo así como: “introducir en el cuerpo un agente que sea detectado como extraño pero que a su vez que sea inocuo para quien lo recibe”. La viruela que los granjeros contraían a partir del contacto con vacas infectadas, les producía unos síntomas mucho más leves y llevaderos que los que sufrían la devastadora viruela humana, podríamos decir que era prácticamente inocua, nadie moría por contraerla. De hecho, las vacunas actuales se obtienen básicamente a partir de microorganismos vivos atenuados, sin capacidad infectiva (rubeola, sarampión, varicela o poliomielitis), microorganismos inactivados muertos (poliomielitis, hepatitis A o gripe) o bien partes del mismo como proteínas (hepatitis B, papiloma) o toxoides (tétanos, difteria).
Antes de continuar, necesito hacer un mapa muy sintético acerca de cual es la función del sistema inmunitario y qué significa la palabra inmunidad. En mi experiencia como profesora de biología he constatado que hay dos sistemas de los cuales los alumnos, incluso los de bachillerato, no saben demasiado: son el sistema endocrino y el sistema inmunitario. Les puedes preguntar por el sistema digestivo y saben localizar casi todos los órganos (es verdad que a veces se olvidan del páncreas o del hígado), el circulatorio creen que lo tienen claro, con sus venas, sus arterias bombeadas por el corazón, sus capilares (aunque no suelen mencionar el subsistema linfático, precisamente el relacionado con la inmunidad), saben lo que es el sistema nervioso y con el respiratorio casi siempre aciertan, excepto alguna confusión con los dos tubitos paralelos (esófago y tráquea). Pero les pides que te localicen y expliquen las funciones del sistema endocrino y solo mencionan que los adolescentes tienen muchas hormonas y las mujeres menopaúsicas pocas. Y en cuanto al sistema inmunitario hablan vagamente, y en tono militar, de luchar contra las enfermedades. Del sistema linfático no suelen tener noticias.
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| Sistema linfático |
Me he preguntado muchas veces cual es la razón de estas lagunas en el conocimiento del cuerpo humano. Precisamente de las partes más interesantes y complejas. Una de ellas podría ser que son sistemas que tienen algo de difuso, de deslocalizado. No se pueden representar fácilmente en uno de esos juegos de anatomía de plástico. No tienen órganos tan contundentes y fáciles de dibujar como un estómago, un corazón o unos pulmones. Y tampoco tienen un conducto que los una (como el tubo digestivo o la médula espinal) sino que de alguna manera parece que actúen a distancia. O transportando información desde lugares rarísimos (las glándulas endocrinas en un caso, la médula ósea o el timo “¿eso que es lo que es, profe?”en el otro) hasta otro órganos inverosímiles, como los ganglios linfáticos ( esos que se hinchaban en la peste formando las bubas).
No me siento capaz de explicar la anatomía y fisiología del sistema inmunitario aquí (me suele llevar un trimestre de grandes juegos malabares y "performances" para que lo entiendan los de segundo de bachillerato). Pero sí que quiero destacar lo más importante: que el sistema inmunitario tiene la capacidad única de distinguir entre lo propio y lo ajeno. Una vez ha identificado lo que no reconoce como propio (a lo que llamaremos antígeno) crea una respuesta (lo que se conoce como anticuerpo) que neutraliza y destruye al antígeno, y genera una memoria que permitirá actuar de manera más contundente la próxima vez que éste se atreva a invadir el cuerpo (otra vez la jerga militar).
Para que se ponga en funcionamiento este súper-poder, el invasor tiene que haber atravesado una serie de barreras o defensas (¡otra vez!) externas casi inexpugnables (¡!) (piel, mucosas) y si estas se rompen se envían soldados (fagocitos), gases lacrimógenos (histaminas) y una serie de armas biológicas que sería largo de explicar aquí. De entre las cosas extrañas que puede detectar lo más habitual son los agentes infecciosos microbianos, pero también funciona de forma implacable con tumores propios, con sustancias que nos producen alergia y con trasplantes y transfusiones. Este lenguaje bélico no es muy correcto, pero sí muy gráfico y lleno de furia, una emoción interesante para estimular el aprendizaje en adolescentes a los que les gustan los videojuegos de matarrr.
Ahora sí, volvamos a la vacuna de Jenner. Podríamos decir que los antígenos de la viruela de las vacas eran tan similares a los de la viruela humana, que el sistema inmunitario creaba anticuerpos que servían para cuando el organismo entrase en contacto con la viruela mortal, desencadenando ese ataque contundente y definitivo del que hablábamos. Las vacunas actuales hacen la misma función: mostrar el antígeno (sin efectos virulentos) al ejército defensivo para que se genere una respuesta inmunitaria específica, y la próxima vez que se entre en contacto con el enemigo(ésta vez virulento y malvado) ya se tengan entrenados a los soldados especializados en matarrr, porque se ha estudiado cómo es y se ha diseñado anticuerpos para ese antígeno concreto.
A efectos de inmunización es lo mismo haber tenido la enfermedad que haber sido vacunado del microorganismo que la produce (en todas las variedades inocuas mencionadas antes) . Exactamente lo mismo. A nuestro sistema inmunitario le da igual si la bacteria está entera, atontada o muerta. Lo único que le interesa es el antígeno, que suele ser una molécula alojada en la superficie del patógeno. Sólo que en caso de enfermedades graves (como la meningitis, el tétanos, el sarampión y muchas de las enfermedades para las que existen vacunas sistemáticas) más vale no jugársela y protegerse mediante una vacuna.
La viruela es prácticamente la única enfermedad infecciosa que dejó de existir como tal por falta de hospedadores del virus, porque todo el mundo estaba inmunizado ( un virus no puede vivir por sí mismo, sin parasitar a otro organismo). La OMS la declaró totalmente erradicada a nivel mundial en diciembre de 1979, pero hacía ya tiempo que en los países occidentales era muy poco frecuente (el último infectado en Estados Unidos se registró en 1949). Las vacunaciones dejaron efectuarse poco después a nivel global. Recuerdo perfectamente la marca de la vacuna de viruela que tenía mi madre en su brazo izquierdo (un pequeño cráter en forma de óvalo). Esa marca era como un salvoconducto, las generaciones anteriores temblaban al oír ese nombre. Solo ahora, cuando hemos olvidado la crudeza de la enfermedad, volvemos a poner en cuestión la efectividad de las vacunas. Yo ya no estoy vacunada de viruela, aunque conozco a gente de mi edad que sí lo está. Creo que se fue eliminando paulatinamente hasta que se eliminó del todo del calendario de vacunas sistemáticas.
Una vez que todo el continente europeo corrió voluntariamente a vacunarse, el problema era cómo llevar la vacuna al continente americano. A principios del siglo XIX, todos los intentos de llevar la vacuna de la viruela a América habían fracasado. El viaje era demasiado largo y el líquido que servía como vacuna se estropeaba con el calor y llegaba inservible. Hasta que a un médico se le ocurrió una idea insólita y nada ortodoxa. Y por una vez, la Historia pudo contemplar una iniciativa humana que no era ni un exterminio, ni una guerra, sino una actuación que mejoró la salud de todos los habitantes del planeta, aunque la forma de hacerlo pueda ser criticable.
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| El doctor Balmis |
El alicantino Francisco Xavier Balmis era un médico militar y cirujano personal del rey Carlos IV. Muy involucrado en la lucha contra las enfermedades infecciosas, hizo una propuesta sorprendente: trasladar la vacuna a América inoculada en personas. Para ello eligió a 22 niños procedentes de orfanatos españoles. El 30 de noviembre de 1803 partió de A Coruña la corbeta María Pita con los niños. Eran los "niños vacuníferos" de la Real Expedición de la vacuna 1803-06, también llamada la expedición Balmis.
El procedimiento consistió en ir inoculando escalonadamente la vacuna de un niño a otro hasta el final del viaje. El primer niño de la cadena había sido inoculado con el contenido de las vesículas de la viruela vacuna. A los diez días le salieron unas pocas pústulas en la piel que contenían los virus necesarios (entonces se llamaba "fluido vacunal") para iniciar la vacunación del siguiente. De esta manera se cuando hiciera el primer desembarco (la expedición se bifurcó en varias ramas) el último niño llevaría la vacuna para iniciar otra cadena en ese lugar. De esta forma se distribuyó la vacuna de la viruela por toda la geografía mundial, creando otras expediciones secundarias a lo largo del itinerario.
Hay otro personaje muy importante en esta historia. Una enfermera llamada Isabel Zendal era la directora de la casa de expósitos de A Coruña. Se embarcó con los 22 niños y se encargó de atenderles personalmente y, según cuentan las crónicas, de buscarles buenas familias de acogida a la vuelta de su importantísima misión. Estos días, en pleno confinamiento, siento una enorme admiración por los vecinos que tiene niños pequeños, y agradezco que los míos ya sean mayores y autosuficientes. No me quiero imaginar lo que debió ser llevar a 22 niños en un barco los larguísimos meses de travesía de la Expedición Balmis. De alguna manera, tarde y de manera cuestionable, se cerró un círculo no demasiado virtuoso: los españoles llevaron la viruela y la usaron como un arma de destrucción masiva en la colonizaron el continente americano, y más tarde les llevaron la vacuna.
Una curiosidad respecto a la actual pandemia es que el nombre que el Ministerio de Defensa ha dado al dispositivo de despliegue militar para luchar contra la propagación del virus Covid-19 es "Operación Balmis", en homenaje al médico de los niños vacuníferos.
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| Itinerarios de la expedición Balmis |
La vacunación, junto con los antibióticos y la potabilización del agua, son los tres pilares en los que se sustenta la sanidad pública respecto a las enfermedades infecciosas. No creo que nadie se le ocurra decir que no toma agua potable porque se han usado sustancias no naturales, como el cloro, para conseguirla. Nadie que estuviera en su sano juicio se negaría a que le dieran penicilina si tuviera una infección de meningitis por el hecho de que no se obtiene de una planta. Pero, en el primer mundo, algunos colectivos no vacunan a sus hijos por razones tan peregrinas como que las vacunas no son naturales, o por teorías conspiratorias de diferente color. Mientras tanto hay repuntes de enfermedades graves como el sarampión y no podemos acabar de erradicar algunas otras tan incapacitantes como la poliomielitis.
La inmunidad de grupo es importante, de ella se benefician los antivacunas, y es mejor que sea sin bajas personales. En estos momentos estamos viendo cómo actúa una enfermedad infecciosa, qué nos pasa por la falta de solamente UNA vacuna.





























